Hybris es el término griego para referir lo que en castellano denominamos “soberbia”, o lo que en su significado original refiere a la pretensión de parecerse a los dioses, creyéndose dotado de sus imponentes e inmortales cualidades, características ambas que resultan imposibles a los simples mortales. Cuando Arakné, una hermosa chica dotada de habilidades incomparables con el telar, se atrevió a retar a la diosa Atenea a un “agón” o “certamen”, presumiendo de la habilidad técnica que la deidad protegía, fue castigada al ser metamorfoseada en ese insecto que a muchos aterra, y que habita entre los hilos de su permanente tela, que es su casa y su mortaja: la araña.
Gobernantes insuflados por la hybris, han dado testimonios de su repugnante presencia, por imaginarse dotados de la ilimitud que efectivamente los próceres olímpicos encarnan, pero que sujetos como Calígula, el mismo que además de asumirse poeta, dijo ostentar la doble característica divina de lo masculino y lo femenino -él siempre tuvo “otros datos” sobre sí mismo-, razón por la que podía divinamente acostarse con cuanto quisiera -animales incluídos-, llegando a prostituir a las esposas de los senadores en las orgías consagradas a sí mismo, alquilándolas a su propios y desconcertados maridos. El costo de la hybris del tirano cesáreo, sería el asesinato por sus propios guardias, con el beneplácito de las gens, hostigadas por la infinita estupidez del ensoberbecido reyesuelo.
Cuando tenemos gobernantes que viven en el permanente desacato, sentando el infame precedente a sus siervos, con independencia de la evidente violación a la legalidad de esos, cualquier discurso reivindicatorio que quiera darse de ellos, cae por los suelos golpeado por su propia inejemplaridad. Un gobernante que acosa jueces para delinquir con la impunidad del tradicional tirano, consagra su memoria al escarnio público, porque no hay dinero que alcance para sobornar la impronta que deje su infamia en la memoria.
Cuando un funcionario como Marx Arriaga, hace públicas declaraciones en defensa de la publicación de los libros de texto de la Secretaría de Educación pública, minimizando no solamente los evidentes y garrafales errores de “su obra” -editoriales, cognitivos y de ideología comunista-, sino también a todos sus críticos, a los que descalifica con esa soberbia acostumbrada de todo fanático que cree que su humilde ideología encarna “la verdad”, que como diría Hannah Arendt, será la tónica de los sistemas totalitarios -nazis y comunistas hermanados-, en nombre de la cual destruyeron a todos sus opositores.
La hybris del fanático, desatada por la incapacidad de asumir las contradicciones de sus creencias, enmarca esa pequeñez de miras, que la memoria humana debe de recordar por siempre para no repetirlas. Habemos quienes leemos tan bien, que hasta estamos dispuestos a leer esa magna obra de ignorancia y necedad.