Por Benjamín Barajas
Las evaluaciones de los programas escolares y gubernamentales, sobre la enseñanza de la lectura y la escritura, suelen conjeturar que su fracaso se debe a la falta de mediaciones o vinculación entre lo que se aprende en la escuela y las dinámicas sociales, donde la gente hace uso de la lengua según los contextos específicos de comunicación, o sea, “hace cosas con las palabras”, de acuerdo con el lingüista norteamericano John L. Austin.
Las teorías pedagógicas coinciden en que el aprendizaje se adquiere cuando es significativo y se aplica para resolver problemas de la vida cotidiana de los niños y jóvenes, cuando éstos descubren su lado práctico, creativo, recreativo o lúdico. En este contexto, por ejemplo, no basta con regalar millones de libros, sino crear ambientes de interacción con ellos, para que la amplia población iletrada los haga suyos y los incluya en su horizonte de expectativas.
Lo anterior concuerda con el “método natural” empleado por el pedagogo francés Célestin Freinet para enseñar a los niños a dibujar, leer y escribir en un ambiente de libertad y acercamiento a la naturaleza; ya que, desea, al igual que el brasileño Paulo Freire, comprender el mundo para luego actuar sobre él de una manera informada y crítica.
Freinet pretende hacer una suave transición entre la oralidad y la escritura, del mismo modo en que las madres enseñan a hablar a los bebés; sin reglas gramaticales, ni presiones ni exámenes, sino mediante estímulos positivos y recompensas, desde una perspectiva casi silvestre, como cantan los pájaros en el concierto familiar de su especie.
Escribe: “Por lo mismo que la mamá puede afirmar (…) que su hijo aprenderá a hablar, nosotros también afirmamos, y se comprende la similitud de nuestra seguridad, que el niño, a través de la expresión libre, según nuestra técnica, aprende a leer y a escribir naturalmente, sin ninguna lección especial, sin ninguna obligación fastidiosa”.
Pero el aporte fundamental de Freinet a la escuela fue la imprenta escolar, puesta a disposición de los niños para que publicaran sus textos que previamente habían planeado, revisado y leído en plenaria, para luego imprimirlos y montarlos en el periódico mural. Freinet llegó a una conclusión simple, pero profunda: escribimos para ser leídos, todos los que escriben, sin importar la fama, son escritores.