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La mentira aprendida

La mentira aprendida

Columnas lunes 11 de mayo de 2026 -


Nadie nace mintiendo. El recién nacido llora cuando tiene hambre, ríe cuando siente placer, se inquieta cuando algo duele. No hay engaño en eso: hay verdad pura, sin filtros. La mentira llega después. Siempre llega después de una herida.
Quien vivió la traición en sus años formativos —cuando alguien en quien confiaba plenamente prometió y no cumplió, o debió proteger y no protegió— se aprende que la verdad expone. Que ser transparente tiene un costo. Y ese aprendizaje no desaparece con la edad: el adulto que miente para cubrirse sigue siendo, en el fondo, alguien que aprendió que mostrarse era peligroso. La mentira, en la herida de traición, es una armadura que se forjó en la infancia y nunca se quitó. Una defensa que alguna vez tuvo sentido y que hoy lastima a quienes se acercan.

Cuando el miedo original fue al abandono, la mentira cambia de función. Ya no protege: retiene. La persona que teme perder al otro dice lo que cree que ese otro quiere escuchar, moldea su verdad según la forma del afecto que necesita. Aprende que ser quien realmente es puede costarle la presencia del otro. La mentira se vuelve pegamento. Un pegamento que une, sí, pero que falsifica el vínculo desde su raíz.

Frente a la herida fue de injusticia —cuando se creció en un entorno donde las reglas se aplicaban arbitrariamente, donde el castigo no guardaba proporción con la falta— la mentira se convirtió en justicia propia. En compensación. El adulto que miente en ese registro no siente que engaña: siente que se equilibra. Que cobra lo que el mundo le debe.
Y cuando la herida fue de exclusión, la mentira abre la puerta que la verdad cierra. Se fingen intereses que no se tienen, se oculta lo que se es, se construye una identidad que quepa donde la propia no cabe. La persona aprende que su verdad incomoda, que su diferencia aleja. La mentira de exclusión es quizás la más triste: la persona renuncia a sí misma para ser aceptada.
Cuando la mentira se normaliza, cuando toda una cultura aprende a callar, fingir y aparentar para sobrevivir, la mentira deja de ser una respuesta privada al dolor de una herida, y se convierte en el lenguaje común de la vida pública. Las instituciones mienten porque están formadas por personas que aprendieron a mentir. La desconfianza social no es un accidente: es el resultado acumulado de heridas que nadie sanó.

Flor de Loto: La mentira aprendida en la infancia no se queda en la infancia: viaja con nosotros, se instala en nuestras relaciones, corroe la confianza, destruye vínculos. El antídoto no es la culpa sino la consciencia: reconocer de dónde viene nuestra mentira es el primer paso para dejar de necesitarla.


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/CR

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