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La venganza

La venganza

Columnas viernes 21 de agosto de 2020 - 00:56

La inmortalidad de las Ideas para una historia universal en sentido cosmopolita, del filósofo I. Kant, es piedra angular en la construcción del orden internacional moderno, fundamentando la idea de una institucionalidad global que administre la justicia, resolviendo el viejo problema jurisdiccional de los Estados soberanos y su conflicto de resolver sus problemas de una manera que no sea la guerra. La citada obra, también explica una noción: “la insociable sociabilidad”, esta refiere la condición violenta del ser humano, de la que difícilmente se puede librar una especie repleta de hechos miserables a lo largo de su complicado andar por la historia, siendo esta misma, una prueba de sangre y fuego sobre el que las civilizaciones han dado forma a su identidad.
En un gesto de realismo sin precedentes, Kant asumirá que el ser humano jamás cambiará sus formas nefastas, pero en lugar de censurarlas, termina asumiendo que es en ellas donde la especie puede encontrar su cura, a la manera de una vacuna. La locura humana obtendrá un desarrollo cimentado en sus propios huesos. La humanidad puede aprender de sus mortajas, de su camino ensangrentado, de todo ese patrimonio oscuro que le genera tal terror que, si no pone un límite, la concreción de sus peores pesadillas cobrará realidad. Tuvieron que pasar dos guerras mundiales para la construcción del orden internacional moderno, que tiene al genio de Koenigsberg como egregio fundador.
La reciente exposición del caso Lozoya, sean verídicas o no sus acusaciones, o goce del morboso y vengativo apoyo presidencial, la realidad es que pone a prueba la calidad institucional de un sistema de aplicación de justicia, comúnmente parcial e históricamente sometido a los excéntricos juegos del poder. La exposición mediática que hace el Ejecutivo, con claros tintes de circo electoral, hacen evidente el sometimiento institucional a las órdenes presidenciales. Que el presidente haya mostrado en su conferencia matutina, esa serie de videos, violando principios fundamentales del debido proceso y lanzara sus adjetivos indignos de la posición que la ciudadanía le concediera, nos pone a toda la sociedad ante la miserable realidad de un mundo que parece no haber aprendido de su historia, retornándonos a esa tragicomedia mexicana de las burlescas teatralidades setenteras.
Apelando al principio kantiano de aprender de las miserias heredadas, el caso Lozoya, lleno de irregularidades e intervenciones descaradas del poder, debe provocar en los mexicanos una importante reflexión sobre sí mismos. Lo crítico que un presidente de la república tome partido y se exhiba como juzgador, en una sociedad sedienta de justicia, nos manifiesta lo mal que está la institucionalidad y una ciudadanía que queda expuesta al capricho del gobernante. Nadie queda guarecido ante un Leviatán hambriento de venganza, Lozoya es la prueba.

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/CR

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