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¡Libertad!

¡Libertad!

Columnas lunes 23 de noviembre de 2020 - 00:42

Armando Hernández

La semana anterior, en este espacio, se abordó el tema de los valores fundamentales en la consolidación del moderno estado democrático de derecho: libertad, igualdad y justicia.

En lo personal, no soy partidario del discurso de la igualdad en ningún aspecto de la vida humana; ni siquiera en el campo del derecho o de los derechos humanos. Sigo más bien el discurso de la diversidad y la inclusión. A mí me parece que la "era de la igualdad" nacida en la ilustración francesa, debería estar llegando a su fin. Hoy no deberíamos luchar por ser "iguales", sino porque se reconozca nuestro derecho a ser diferentes.

En lo que toca a la justicia, la considero un ideal inalcanzable y que por esa razón solo tiende a generar frustración social. Pero en lo relativo a la libertad, me parece que este debe ser considerado como el valor supremo, ya que es el único que nos permitiría alcanzar el que se supone es el fin último de la existencia del ser humano: la felicidad.

La mayoría de las corrientes filosóficas coinciden en señalar a este valor, la felicidad, como aquel que justifica la existencia del ser humano. Todo lo que hacemos, tendría como fin alcanzar la idea de felicidad, independientemente de cómo se conciba ésta.

La libertad, en mi consideración, es el único medio que puede hacer posible alcanzar la felicidad.

Creo en la libertad como valor supremo. Me parece tan importante, que no quisiera interferir nunca en el ejercicio de la libertad de nadie. No me gustaría jamás ser un obstáculo para que alguna persona pueda ejercer su libertad, ni ser responsable de acotar la voluntad de alguien.

Por ejemplo, insistir a una persona para que haga algo que no desea, es una forma de interferir en la libertad individual de otros. Es como "secuestrar" la voluntad de alguien más.

El más grande ejercicio de libertad que puedo concebir, es la libertad de no hacer. Cuando los individuos podemos elegir libremente el no hacer nada, sin que nadie pueda obligarnos a realizar acción alguna. Mi máxima aspiración en la vida es poder ejercer mi libertad de decidir no hacer absolutamente nada.

Esta no es una idea novedosa. Algo similar fue expuesto por el francés Paul Lafargue en "El Derecho a la Pereza" o el propio Bertrand Rusell en el "Elogio de la Ociosidad" y más recientemente por el estadounidense Bob Black en "La abolición del trabajo".

No se trata de un pensamiento mediocre o conformista, sino una profunda postura existencial.

Me sigue impactando la escena final de la película de Mel Gibson, "Corazón Valiente" (Braveheart) de 1995, y su célebre grito a todo pulmón: ¡LIbertad! (Freedom)

Flor de loto: La libertad es el único poder por el que vale la pena luchar.



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/CR

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