La muy estimable X, por cerca de diez años, se dedicó afanosamente a mantener impolutos los pisos de la escuela secundaria donde ofrecía sus servicios. Su buen carácter, le hizo ganarse la confianza y el afecto del personal académico, en particular, de la directora del plantel que, en una manifestación de sumo aprecio por su querida amiga, le hizo la propuesta de su vida: “tú junta 50 mil pesos, me los das y te consigo tu plaza de maestra”. Dejar sus enceres de trabajo para dar clases de matemáticas, le garantizarían a X la posibilidad de mantener un sueldo imposible para sus condiciones formativas, además de todas las prestaciones y, por supuesto, envolverse en la bandera de la justicia social que encarna un profesor, no porque, en principio esto sea falso, sino porque el sentido supremo de formar ciudadanos no está siendo respetado por aquellos que utilizan el discurso para obtener personales beneficios.
Entre las muchas obligaciones de X, es ir a calentar el asiento por unas horas al día, y poner a los chicos a leer por sí mismos un libro de matemáticas que ella en su vida ha hojeado siquiera. Las dudas le importan lo mismo que cumplir con su semana laboral porque siempre presenta algún cuadro maligno: esta semana, las varices; la pasada, la migraña; la antepasada, su filoso colmillo podrido que se lo tuvieron que extirpar. ¡Pobre X, sufre tanto como la María Candelaria del colegio que la siguiente semana le pediría el sacrificio supremo!: “Por el bien de la educación de la Patria, hay que luchar contra el maldito gobierno que los explota con infamia”, razón por la que “la causa” le exigiría unirse al contingente que como acostumbran anualmente, ir a joder a la Ciudad de México, para que utilizando mañosamente el digno principio del derecho a la educación, X, y el contingente de la Coordinadora, lograran más y más beneficios.
La “movilización” hacia la capital para lograr sus preciados bienes sindicales son: establecer un campamento antihigiénico en el Zócalo capitalino; bloquear arterias principales; atentar contra negocios y particulares de la zona; destrozar edificios y bienes públicos… todo en nombre de grandes principios que ese grupo corruptor; miserable; cínico; bárbaro; indigno; sucio… se sintetiza bajo el término: “antieducación”, y que en maldita hora, el viejo guango que los sacó del fango y los elevó al santoral izquierdoso, tan lleno de gente chafa, cuya historia real sólo se compara a los resultados de una organización magisterial que sin cumplir con su deber: formar ciudadanos, roe por inmerecidos beneficios. La coordinadora es uno de los mayores patógenos que reproducen la ignorancia; la marginación; el resentimiento y hacen de la pobreza, un desgraciado circulo vicioso que jamás permitirá a nuestros queridos niños, que a ellos sí se les reconozca el bien supremo de su derecho a la educación, pues ellos son lo realmente importante en el proceso educativo, y no esa horda envalentonada que viene a la capital para exhibir sus vergüenzas, sin recibir el junto castigo a su barbarie. Ya va siendo hora de que los estudiantes sean lo primero