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Los Panchos de la Cruz

Los Panchos de la Cruz

Columnas miércoles 27 de mayo de 2020 - 01:01

El domingo pasado murió Francisco de la Cruz, hijo del legendario luchador social del mismo nombre, buscador de tierra para vivienda y uno de los primeros invasores del entonces Distrito Federal.
Quien fuera director General de Participación Ciudadana en la alcaldía de Iztacalco sucumbió de manera intempestiva ante la dolorosa pandemia de Covid-19, pues antes siguió trabajando, para luego sentirse mal y sorprendentemente, como sucede con muchas personas que han contraído este mal, fallecer el domingo pasado.
Al conocer la noticia no pude dejar de recordar la vez que conocí a su padre, Pancho de la Cruz, fundador de la organización Campamento 2 Octubre y líder del Movimiento Urbano Popular (MUP), quien falleció en el 2016.
Hace varios ayeres Don Pancho me dio una entrevista que, por su fuerte contenido, no me publicaron o quizás por falta de espacio, y en la me contó cuando se lamentó al entonces gobernador de la Ciudad de México, un perredista poco sonriente.
El hecho que derivaría en la acusación contra el invasor, acusado de secuestro, lo narrarían mucho mejor y con más detalles sus familiares, porque revela la fuerza que tomó la familia De la Cruz al arropar y ser arropada por un gran grupo de personas que buscaban un lugar para habitar.
Esa vez, Don Francisco tuvo el ánimo y el tiempo para recibirme y darme una entrevista. Recuerdo que me dijo que radicaba en Cuernavaca. Recuerdo que lamenté mucho que no se hubiera publicado su entrevista.
El hecho que me narró, y del cual escapan de mi mente varios detalles, le generó que fuera buscado por entonces policías judiciales que ingresaron al propio Campamento 2 de octubre, donde se efectuaba una fiesta. Uno de los payasos le pasó su ropa y zapatos a Don Francisco que con la cara pintada salió del lugar muy quitado de la pena.
Sin embargo, Don Francisco ya había pisado la cárcel, por lo que se consideró un preso político al ser perseguido por las invasiones que extendió por varias partes de Iztacalco, siempre acompañado de los más humildes y necesitados, entre ellos muchos campesinos llegados a la ciudad a probar mejor suerte.
Él fue un oaxacaqueño fuerte y con agallas, quien en el Reclusorio Norte también se le presentó a Caro Quintero, al ser encarcelado en ese lugar, para indicarle que podría ser un narcotraficante muy afamado, pero allí, en ese penal, no pensara que mandaría él.
Hoy, él y su hijo han muerto, pero detrás de ellos han dejado muchas historias que los recordarán como parte importante del desarrollo de esta metrópoli.

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/CR

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