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Los intocables

Los intocables

Columnas viernes 10 de abril de 2020 - 01:07

La verdad es que, para tratar de imaginar un regreso a la normalidad, no faltan ganas de asirse de cualquier clavo ardiendo: que si la hidroxicloroquina aderezada con un poco de azitromicina, aunque eso signifique aumentar las regordetas chequeras de Trump; que si la llegada de la primavera solar y el despliegue presuntuoso de los poderosos rayos ultravioleta; que si el haber sido vacunados por generaciones contra la tuberculosis desde niños en este país, podrá quizás salvar a la inmensa mayoría de las y los mexicanos. Ojalá cualquiera de estos buenos deseos se vuelva realidad y haga más llevadera la espera de una vacuna una vez terminado el encierro.
Al momento, sólo el aislamiento y la llamada Sana Distancia, bajo nuestro precario control, prueban su efectividad en lo inmediato, con una fórmula que recuerda la ruta de la cura de la enfermedad del alcohol: hoy no me contagié porque no salí; mañana probablemente tampoco si no salgo; pasado espero que no.
Pero ¿cuál es la normalidad mexicana a la que queremos volver? ¿A la de los 50 millones de personas que viven en la pobreza? ¿Al de los servicios de salud pauperizados y precarios, a pesar de las enormes ganancias que todo lo relacionado con la salud deja en pocas manos? ¿Al de la justicia torcida, que es sólo para pocos con dinero y a medias? ¿Al país en la que la voluntad de cada vez menos decide sobre los deseos, aspiraciones e incluso necesidades del resto? ¿Al México de los 20 mil asesinatos al mes? ¿Al de los 10 feminicidios diarios? ¿A qué normalidad queremos volver? Espero que no a esa.
Por lo pronto, deseo volver a la normalidad más simple, más elemental, esa a la que podemos asomarnos gracias al túnel del tiempo al pasado inmediato, en el que se han convertido los servicios de entretenimiento en línea. Me refiero a lo más simple y lo que más nos acerca: confiar de nuevo en las manos y los rostros de los otros sin guantes, sin cubrebocas, sin sanitización o soluciones cloradas de por medio. Volver a tomar un café cara a cara con amigos, tomar y pagar un refresco en una tienda de conveniencia, acudir a una taquería para comer a la mexicana o a un cumpleaños familiar para comer codo a codo, compartiendo los limones y la salsa. Dejar de ser todos intocables.
No dudo que se abren grandes oportunidades de cambio y mejora social como consecuencia de la pandemia, a partir de las lecciones que la propia epidemia nos deje. Aprovecharlas dependerá de las decisiones que tomen quienes están a cargo del gobierno del país y, sin duda, del escrutinio social sobre esas decisiones, pero me atrevo a pensar que podemos participar activamente en la transformación para bien, si desde ya caemos en cuenta la importancia del contacto con los otros, el desenvolvimiento empático y cordial de la vida de cada una y cada uno en el espacio social. Para empezar a prepararnos para ello, para el regreso de los mejores tiempos, tenemos una para ensayar a la mano: seamos empáticos con los médicos, con los que ya han enfermado, especialmente de gravedad y, por supuesto, con los casi doscientos muertos que, al día de hoy, deberían seguir estando con nosotros. Honrarlos, reconocerlos, acompañarlos en la gravedad de sus deberes, en su dolor y en su pena, es el mejor entrenamiento para intentar ser mejores, cuando haya oportunidad de volver a las calles a demostrarlo.

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/CR

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