El sistema político de Venezuela presenta una contradicción inusual: es una dictadura donde las y los ciudadanos cuentan los votos de forma democrática y transparente.
Este sistema electoral, que en su momento el expresidente Carter calificó como el mejor del mundo, permite que las y los votantes utilicen máquinas electrónicas que generan un comprobante físico y un acta de escrutinio. Esta coexistencia de autoritarismo y práctica democrática se hizo evidente el 28 de julio de 2024, cuando Edmundo González obtuvo una victoria aplastante que fue documentada por la propia ciudadanía a través de las actas, aunque el Consejo Nacional Electoral (CNE) declaró ganador a Maduro.
El sistema venezolano destaca por su transparencia y auditabilidad, incluso superando a democracias consolidadas. Cuenta con identificación biométrica; doble rastro de papel; vigilancia ciudadana; y una triple congruencia: deben coincidir los votos electrónicos, los comprobantes de papel y los datos publicados por el CNE.
Hugo Chávez instaló esta tecnología transparente porque, gracias al auge petrolero, no necesitaba robar elecciones; necesitaba defender sus victorias reales contra acusaciones de fraude. En el referéndum revocatorio de 2004, la tecnología permitió convencer a observadores internacionales que Chávez había ganado legítimamente, dándole un "piso de legitimidad democrática" que lo diferenciaba de otros dictadores.
En su momento, Maduro perdió el apoyo popular, pero mantuvo el sistema de votación transparente. Su estrategia no fue manipular las máquinas, sino asegurar la lealtad de las Fuerzas Armadas mediante promociones masivas, control de negocios y represión interna. Si ganaba, el sistema validaría su victoria; si perdía, los militares lo mantendrían en el poder de todos modos.
Maduro llegó a 2024 creyendo que podía ganar mediante movilización o que, si perdía, la oposición no lograría probarlo. Sin embargo, ésta logró recolectar y publicar en línea más del 80% de las actas, demostrando una victoria de González de dos a uno. El resultado fue un choque sísmico para el régimen, que respondió con una extorsión electoral descarada: el CNE lo declaró ganador sin publicar datos desglosados y los militares respaldaron la jugada mediante la fuerza.
Creo que el caso venezolano demuestra que las elecciones por sí solas no crean una democracia, sino que requieren otras cosas adicionales. Baste un ejemplo: En Chile en 1988, por ejemplo, cuando un conteo paralelo de la oposición reveló la derrota de Pinochet, sectores militares decidieron respetar la constitución.
Además de la transparencia y la auditabilidad electorales, con frecuencia la moderna legitimidad democrática demanda también, por ejemplo, la autonomía de la autoridad electoral y su debido financiamiento; la productividad oportuna y suficiente de bienes públicos que todo gobierno debería generar y que la ciudadanía exige, según Nohlen. O la imparcialidad y la inclusión que todo régimen democrático debería garantizar, según Rosanvallon.
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