Cada diciembre, la Navidad llega envuelta en luces, rituales y expectativas. Se nos invita a ser felices, a celebrar, a agradecer. Sin embargo, no pocas personas viven estas fechas con una mezcla de nostalgia, cansancio o preocupación. Tal vez porque hemos confundido la felicidad con el exceso y no con el sentido. En ese punto, vale la pena mirar la Navidad desde una perspectiva distinta: la que propone el Dr. Martin Seligman, uno de los principales referentes de la psicología positiva.
Seligman sostiene que la felicidad no es un estado permanente ni una emoción espontánea, sino una construcción que se sostiene en cinco pilares: emociones positivas, compromiso, relaciones, sentido y logros. El modelo PERMA, como se le conoce, no promete euforia constante, sino bienestar con profundidad. Y si lo pensamos bien, la Navidad es, o debería ser, un recordatorio vivo de cada uno de esos elementos.
Las emociones positivas aparecen cuando compartimos una comida, cuando reencontramos a alguien que queremos o cuando damos sin esperar nada a cambio. No son emociones artificiales ni compradas; surgen del vínculo humano. El compromiso se refleja en el tiempo que dedicamos a otros, en la decisión consciente de estar presentes, de escuchar, de acompañar, aun cuando el año haya sido difícil.
Las relaciones, eje central del bienestar según Seligman, son quizá el corazón de la Navidad. No se trata de la familia idealizada de los anuncios, sino de la red real —imperfecta pero significativa— que nos sostiene. En tiempos de prisa y aislamiento digital, estas fechas nos recuerdan que la felicidad florece en comunidad, no en soledad.
El sentido, otro pilar fundamental, se hace visible cuando la Navidad deja de ser consumo y se convierte en propósito. Cuando recordamos que celebrar también es reconocer la dignidad del otro, tender la mano, pensar en quienes educan, cuidan, enseñan y sostienen silenciosamente a la sociedad durante todo el año. Encontrar sentido es comprender que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos.
Finalmente, los logros no siempre se miden en metas cumplidas, sino en resistencias superadas. Llegar a diciembre, para muchas personas, ya es un logro. Haber acompañado, educado, trabajado, cuidado y persistido es motivo suficiente para reconocer el valor de lo vivido.
Cuando analizamos lo anterior, y vemos que el Reporte Mundial de la Felicidad 2025, sitúa a México en el lugar 10 entre los países más felices del mundo, parecería que las y los mexicanos tenemos mínimos problemas de que preocuparnos. Sin embargo, no somos felices porque todo esté bien, sino porque hemos aprendido a sobrevivir emocionalmente a lo que no lo está.
Nuestra risa convive con la precariedad, nuestra celebración con la incertidumbre. Esa forma de felicidad —resiliente, comunitaria, profundamente humana— se acerca mucho más a la que describe Seligman: una felicidad que se sostiene en las relaciones, en el significado compartido y en la capacidad de encontrar esperanza aun cuando el contexto es adverso. Por eso, en México, la Navidad además de ser una fiesta; también es un acto colectivo de resistencia emocional.
La Navidad, vista desde la mirada de Seligman, no es una obligación de felicidad, sino una oportunidad para reconstruirla desde lo humano. Quizá ahí radique su verdadera fuerza: no en lo que brilla, sino en lo que permanece. Porque la felicidad, como la esperanza, no se decreta en una fecha; se cultiva todos los días, y la Navidad nos recuerda que aún estamos a tiempo.
DRA. ROSALIA ZEFERINO SALGADO
Asesora en Comunicación Estratégica e Imagen Pública
Integrante de la Red de Mujeres por la Educación (MuxED)