La semana pasada se inauguró en la parte sur de Chicago, Illinois, el Centro Presidencial Obama. Al escucharlo hablar en el evento ponderé la figura del expresidente en la memoria política del inicio del siglo XXI. Recordé su gestión como un tiempo de progresos innegables y, al mismo tiempo, la constatación dolorosa de los límites del poder, incluso cuando se acompaña de inteligencia, empatía, carisma y voluntad reformadora.
Obama no fue únicamente un presidente; es un símbolo histórico. Su llegada a la Casa Blanca en 2009 disolvió siglos de exclusión racial y abrió, para millones de personas en el mundo, la posibilidad de imaginar una democracia ética, ciudadana, más amplia, más incluyente, más igualitaria, con futuro, y menos prisionera de sus peligrosos atavismos históricos.
Su voz, serena, reflexiva, pedagógica, devolvió a la política internacional un lenguaje de conciliación después de los años convulsos de la guerra preventiva y el miedo global. Bajo su mandato se impulsó “Obamacare”, un intento imperfecto, pero trascendental, por reconocer y garantizar la salud como derecho y no como privilegio.
Rescató una economía herida por la crisis financiera de 2008, impulsó acuerdos multilaterales sobre cambio climático y tendió puentes diplomáticos que parecían imposibles. En un tiempo dominado por la civilización del espectáculo, la distracción y por el ascenso identitario del autoritarismo, Obama logró que la palabra “esperanza” dejara de parecer ingenua.
Sus críticos le reprocharon cautela excesiva frente a Wall Street, tibieza frente a los abusos del aparato de seguridad y un idealismo que terminó absorbido por la maquinaria institucional que prometió renovar. Sus seguidores, en cambio, vieron en él la dignidad de quien intentó gobernar desde la razón en una época que comenzaba a rendirse ante la furia, la simplificación, la ignorancia y la integridad perdida.
Tengo para mí que ahí reside su profunda dimensión histórica. No fue el redentor que algunos imaginaron ni el fracaso absoluto que otros proclaman. Fue el rostro humano de una democracia intentando corregirse a sí misma, combatiendo sus propios demonios. Su presidencia recordó al mundo que el poder puede hablar con inteligencia sin renunciar a la compasión; que la política es un emprendimiento honorable y puede convocar a la ciudadanía desde la reflexión, la ciencia y la paz, y no solamente desde el miedo, el prejuicio o el rencor.
Y cuando el tiempo decante y atempere las pasiones partidistas, el Profesor de Derecho Constitucional Barack Hussein Obama permanecerá en la memoria colectiva como un faro resplandeciente en medio de una tormenta global. Incapaz de disipar toda la oscuridad, pero suficiente para impedirnos olvidar que, en la ominosa noche del desencanto democrático todavía tenemos abierto un camino luminoso hacia la dignidad, la pluralidad y la esperanza. Tomémoslo. Yes, we still can.
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