La semana pasada se votó el nombramiento de la presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, Dra. Dolores Gonzales su nombramiento es de suma importancia ya que dirigirá uno de los órganos autónomos más fundamentales para la vida democrática de nuestra ciudad.
No se trata solo de un nombramiento protocolario; con el se define el rumbo de una institución que representa la voz, la defensa y la esperanza de quienes enfrentan abusos de poder, omisiones del Estado o cualquier forma de injusticia.
El respeto de los derechos humanos son el límite que el poder no puede traspasar y la garantía que el Estado debe proteger, sin distinción y sin sesgos. La defensa de los derechos humanos no debe conocer de colores partidistas.
La historia reciente de México nos ha demostrado que cuando los derechos humanos se subordinan a intereses políticos, se debilita la confianza ciudadana y se erosiona el Estado de derecho.
Por eso, reafirmo que su defensa debe ejercerse con independencia, objetividad y profundo sentido ético.
La persona titular de la Comisión, enfrentará un contexto complejo. No sólo por los retos sociales y económicos que atraviesa nuestra ciudad, sino porque vivimos una época donde, lamentablemente, la existencia misma de los órganos autónomos se ha visto amenazada.
En diferentes ámbitos del país hemos sido testigos de intentos por debilitar, someter o desaparecer instituciones que nacieron precisamente para ser contrapesos del poder.
La Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México no puede, ni debe, ser una más en esa lista.
Su independencia no es negociable; es la esencia que le da credibilidad. En la actualidad la democracia se simula con el lucro de la pobreza; no podemos permitir que los derechos humanos también se simulen con la anuencia de la Comisión.
La nueva titular asume el cargo de Ombudsperson, pero debe hacerlo con plena conciencia de que su tarea no es servir a un gobierno, sino a las personas; no es alinearse a una ideología, sino garantizar los derechos de todas y todos, especialmente de quienes menos voz tienen.
Uno de los grandes desafíos de su gestión será recuperar y fortalecer la confianza ciudadana en las instituciones defensoras de derechos humanos. Para lograrlo, se requiere una Comisión que escuche, que acompañe, que investigue con rigor y que emita recomendaciones sin temor ni complacencia.
La autonomía, la transparencia y la valentía institucional deberán ser los pilares de esta nueva etapa.
Porque una Comisión que calla frente al abuso, o que se somete ante el poder, deja de ser defensora de derechos humanos y se convierte en simple espectadora de las injusticias.
Esperamos que su actuación contribuya a consolidar una Comisión de Derechos Humanos cercana, profesional, independiente y valiente, que defienda con la misma fuerza a quienes son víctimas de la violencia, del abuso de autoridad o de la omisión institucional.
Los derechos humanos deben ser defendidos sin banderas, sin ideologías y sin miedo.
Espero que la nueva etapa de esta Comisión sea un ejemplo de independencia, de ética y de compromiso con la verdad.
Porque los derechos humanos no se conceden: se garantizan, se protegen y se hacen valer.