Inexplicablemente, la paridad es una amenaza para ciertos sectores de la política. Para ellos, es un agravio contra decenios, quizá siglos, de privilegios obtenidos con atropellos y arrebatos. Les produce indignación nacida de una cosmovisión decimonónica que no reconoce a la mujer como parte fundamental del género humano. Al mismo tiempo, tampoco se hace cargo de la deuda histórica con ellas, que se tiene que pagar.
En México, desde 2019, es también un principio vinculante de fuente y rango constitucional. Es un mandato de optimización flexible que hay que maximizar caso por caso, defender a toda costa y promover hasta que se convierta en normalidad. La jurisprudencia nacional y la internacional así lo ordenan. Es, además, una norma que obliga de manera inmediata, sin excepciones y sin necesidad de disposiciones reglamentarias. Abarca, igualmente, todos los puestos de elección popular. Y todos, significa todos.
Lograr la paridad ha sido una cruenta guerra que se ha ganado batalla por batalla. Es un derecho humano que siempre enfrenta y derrota las más oscuras pulsiones y resistencias.
La escaramuza más reciente se dio el viernes pasado en el salón de sesiones del INE. Se discutía un proyecto de acuerdo para obligar a los partidos a postular, el año que entra, al mismo número de candidatas que candidatos a las gubernaturas en disputa. Así se propuso y aprobó en 2020 para las contiendas de junio pasado. Aquel acuerdo se impugnó y fue revocado por la justicia electoral, pero en su fallo, ordenó exactamente lo propuesto por el INE. Y los partidos lo cumplieron.
A pesar de ser cosa juzgada, el debate de 2020 no solo se repitió el viernes, sino que se tensó por varias horas. Hubo quien prefería devolver el proyecto a comisiones “para una nueva reflexión”. Paradójicamente, esta propuesta no provenía de los partidos, que anunciaron de manera unánime su reconocimiento y solidaridad con la propuesta.
Las Consejeras proponentes, guerreras consumadas de la igualdad sustantiva, se plantaron y blandieron argumentos jurídicos de la más sofisticada manufactura conceptual, constitucional y convencional. Dworkin, Alexy, Ferrajoli y Zagrebelsky estarían orgullosos; también Mary Wollstonecraft, Benazir Bhutto, Flora Terah y Ruth Bader Ginsburg
Se votaron las dos cosas. Primero la devolución, que fue derrotada en una cardiaca y apretada votación de 6 a 5. Luego vino la otra, la del proyecto en su versión original, que obtuvo 7 votos a favor y 4 en contra.
Con nuevos blasones y estandartes, las proponentes esperan el procesamiento de la cadena impugnativa. Serenas, como el viernes, también de esos fragores saldrán airosas y sonrientes. Que quede claro, la paridad en gubernaturas va de nuevo. Quien lo dude, no conoce bien a estas Consejeras y no entiende que no entiende el nuevo paradigma igualitario.