Hay momentos, hay espacios, hay olores, hay sabores y hay lugares que simplemente se incrustan, no tanto en el cerebro, como en nuestro corazón. Este don, del que pocos seres vivos somos privilegiados, es el causal de muchas emociones, de distintos tipos, capaces de cambiar nuestro momento.
Me gusta pensar en esta regalo de la vida como una bella herramienta de gratos recuerdos que nos llevan a revivir aquello que nos hizo feliz y que, al recordarlo, lo confirma.
Sí, me refiero a ese espasmo que bien refleja Walt Disney en su película Ratatouille y, lo más bonito, es que tuve uno idéntico que me llevó a las lágrimas de plenitud.
Como les conté en líneas pasadas (las intituladas “Leonidas”) hace 22 años estuve por primera vez en Paris, de la mano de mi mejor amiga, arropada por su bella familia. De ellos aprendí muchas cosas del buen comer: que la carne tiene que saber a carne (de ahí que nunca pido cocido ni bien cocido) que todos los días son un buen día para tomar una copa de vino y que los buenos quesos no se refrigeran (por ser de excelente calidad y porque no duran más de un par de días dadá su exquisitez).
Esta última afirmación siempre me ha sorprendido y, siendo franca, nunca la he llevado a cabo en México. Sin embargo, tengo que confesar que el sabor de los quesos, sobre todos los maduros y semi maduros, cambia en su totalidad, generando un sabor intenso y pleno. Si a eso le agregan una buena baguette, la combinación se vuelve suprema.
Hace unas noches tuve la oportunidad de degustar un increíble plato de quesos en un restaurante Michelin del que les hablaré en próximas líneas pues estas las quiero usar para vanagloriar esa capacidad sensitiva de deja vú.
Un plato, 5 quesos y yo. Cada bocado me llevo a un espacio de aquel recuerdo en casa de los tíos de mi amiga: las risas, el no entender el idioma, el gato travieso, los juegos de niños, la experiencia misma.
Deseo, queridos amantes del buen comer y el buen vivir, que la vida les regale muchos recuerdos bellos motivados por sabores. Les juro que hacen un nudo en la garganta, pero mejor aun, un abrazo al corazón.
¡Buen provecho!