El asesinato de Charlie Kirk se añade, en menos de un mes, al fuego que provocó el tiroteo y homicidio múltiple que cometió una persona transgénero, dentro de una iglesia, mientras los infantes atendían una misa. Aunque ambos actos son aberrantes, el acaecido contra los niños excede en repugnancia, y parecería que una de las artistas que tienen en común los frecuentes homicidios con arma de fuego con móviles ideológicos o psicológicos, es que se facilitan por el acceso indiscriminado a esas armas. Por supuesto que no es el único, pero llama la atención lo minimizado que está en la prensa norteamericana, y en las declaraciones de sus políticos. Sabemos que la posesión y portación de armas es un tema por demás partisano en ese país, y millones de estadounidenses lo ven como una extensión natural de las libertades civiles más básicas, como la libertad de tránsito y de expresión (en serio, así lo ven). Es relativamente fácil que la dimensión del control se pierda entre el alud de oportunismos y barbaridades de los extremistas, que están haciendo su agosto. Para un sector de enorme resonancia mediática, con el que simpatiza el propio presidente Trump, lo importante de ambos incidentes es la identidad política que se esconde detrás de los victimarios, en el tiroteo de la iglesia, y de la víctima, en el caso de Kirk. De acuerdo con saltos que no cuesta mucho dar en un ambiente polarizado sin capacidad crítica, lo esencial del asesino de los pequeños era su identidad sexual, no su perfil psicológico que claramente, además de transgénero, era el de un asesino y un suicida. En el caso de Charlie Kirk, todo indica que sí fueron sus opiniones y posturas políticas, anti woke y de derecha, lo que le valía el odio de muchas personas, incluido el de su propio asesino. Los demócratas, con la madurez de una cabra recién nacida, estaban más preocupados por reclamarle a los republicanos que no hubiese puesto la bandera a media asta cuando mataron a un demócrata en tiempos recientes. A riesgo de repetir la idea de la que muchos están haciendo eco, lo que está desapareciendo en las sociedades liberales, incluidos los Estados Unidos, es el derecho a disentir sin que la opinión disidente (sobre cualquier cosa), cueste a una persona su trabajo, su tranquilidad o su vida. Se dice que la política se ha apoderado de todo en esta época, pero eso es demasiado equívoco; lo que ha tomado el control de los asuntos colectivos, desde la política formal hasta la industria del entretenimiento, son las ideologías, que como todas las visiones reduccionistas del mundo, suelen tener partidarios violentos, impermeables a la evidencia e innegociables, sobre todo cuando todo o parte de la ideología se arroga la razón moral, además de la política. En este contexto, los violentos están en todos los bandos, pero quienes menos pueden darse el lujo de serlo son las minorías identitarias, pues son las que más tienen que perder en tiempos de iliberalismo plebiscitario, como los que se viven en Estados Unidos. Ojalá sea un clima social pendular, y vengan tiempos de mayorías ancladas en el centro, pues son esas las que suelen permitir la coexistencia de ideas y preferencias disímiles. Pero no hay elementos en el horizonte cercano que me hagan sentir optimista al respecto; más bien reivindicaciones coyunturales de grupos y movimientos que no se distinguen en nada de una pandilla tomando revancha. Acabo con una cita muy básica, pero es que así está el nivel de barbarie: "La tolerancia es la decisión de vivir entre personas que no piensan como tú, sin pretender que desaparezcan por ello". - R.W. Emerson.