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Columnas
Parece que pasó hace mucho la elección que definió los próximos seis años en México, en la que se votó como nunca por una candidatura, quizá porque irónicamente no hubo el júbilo cívico que vimos y vivimos en los años 2000 y 2018.
De los casi cien millones de electores, cuarenta millones simplemente decidieron no votar, o no pudieron; y así, 35 millones de ciudadanos consolidaron al nuevo partido hegemónico, que probablemente sepulte las instituciones que la alternancia democrática construyó desde 1997. La mayoría silenciosa de 65 millones de ciudadanas y ciudadanos, entre los no votantes y los votantes por otras opciones políticas, quedarán marginalmente representados en el Congreso federal por las trampas a la sobre representación que se han cocinado, pero que esperemos se revierta en tribunales.
Es cierto, la oposición ganó la mayoría de los centros urbanos del país, pero el poder político emana en México, esencialmente, del presupuesto federal. Empezamos una nueva época y dependerá del lugar donde la miremos o en donde estemos, que la veamos con beneplácito o recelo.
Para la generación de mis padres, que en paz descansen y en gloria estén, vivir bajo un partido hegemónico fue la regla del siglo XX. Pero, ¿alguien se acuerda cómo era el México de 1974? Éramos solo 57 millones de habitantes, nuestra economía era mucho más pequeña y cerrada (sin TLCAN-T-MEC y valiendo sólo 72 billones de dólares), nuestra tasa de crecimiento demográfico era de 3.1% anual, cada mujer tenía en promedio seis hijos, el internet era ajeno para el 99.9% de la población, los teléfonos inteligentes eran parte de la ciencia ficción y creíamos que en el siglo XXI viajaríamos en platillos voladores. El yacimiento petrolero de Cantarell que nos emborrachó de abundancia aún no había sido descubierto. Hoy todo eso pasó.
En 2024, somos 127.5 millones de habitantes, nuestro PIB es de 1,466 billones de dólares, es inimaginable nuestra economía sin el T-MEC, nuestro crecimiento demográfico es minúsculo (0.6%), cada mujer tiene menos de dos hijos. Nos llamamos igual, pero somos muy distintos al país que fuimos hace cincuenta años.
Entonces, ¿puede gobernarse igual el país con las herramientas de 1974? Yo creo que no, por ello mientras más rápido la próxima Jefa de Estado se desentienda de batallas contra molinos de viento (como destruir al Poder Judicial) y enfoque en serio su inmenso capital político en dos cosas: pacificar al país y priorizar el desarrollo económico, a través de un impulso claro y decidido a la relocalización (nearshoring) que atraiga billones de dólares en inversión fija con certidumbre jurídica, mejor nos irá como país.
Una cosa es tener el control total del gobierno en México, y otra es tener el poder, que se reparte, por ejemplo, entre la criminalidad global, los capitales internacionales y la geopolítica, siempre cambiante. En la vida, todo pasa. Esto, también pasará.