Pedro Arturo Aguirre
Donald Trump y Boris Johnson son como Tweedledee y Tweedledum, los gemelos de Alicia en el País de las Maravillas. Tienen en común sus colosales egos, su amor al poder y al dinero, su hábito de mentir de forma compulsiva, su paranoia, su cinismo, sus vínculos con personajes sombríos, su capacidad de manipulación de los medios, su fanfarronería, su vulgaridad, su necesidad constante de llamar la atención, incluso sus relaciones depredadoras con mujeres. Ambos tienen un fuerte sentido de victimización y son incapaces de asumir responsabilidad alguna de sus transgresiones y errores. Pero las semejanzas ya se acabaron: mientras Boris es objeto de una amplia reprobación pública en el Reino Unido tras la aprobación en el Parlamento de una resolución condenatoria por haber mentido sobre las fiestas en el 10 de Downing Street durante la pandemia, la popularidad de Donald se mantiene en más de 50 por ciento entre del electorado republicano pese a haber sido imputado en un tribunal federal por los cargos de retención de documentos confidenciales y obstrucción a la justicia.
¿Por qué Trump mantiene su “efecto teflón” y Johnson lo ha perdido? Las diferencias entre las culturas políticas entre ambos países son, obviamente, una razón importante. Pero más relevante es el grado de polarización social prevaleciente en cada caso. En Estados Unidos se han alineado con las tradicionales identidades partidistas aspectos de “guerra cultural” como las cuestiones raciales y religiosas, lo cual ha sido un poderoso impulsor de la polarización. Desde el inicio de su carrera política Trump ha sabido explotar muy bien esta situación. En el Reino Unido, Boris ha sido también ha sabido explotar este factor, sobre todo con su campaña del Brexit, pero entre los británicos la polarización no ha llegado aún a extremos porque temas como los de raza y religión influyen de manera muy diferente dentro de una sociedad mucho más secular. Además, el Reino Unido también tiene la válvula de seguridad de los terceros partidos, como los demócratas liberales, los nacionalistas escoceses, los verdes y otros a quienes los votantes descontentos pueden recurrir a manera de protesta o deshago.
Boris mantiene en su defensa la narrativa del martirio, como también lo hace Trump, pero desafortunadamente para él las encuestas reflejan el fracaso de la estrategia: gana el apoyo de solo entre el 15 y el 18 por ciento de la población. Distinta es la situación de Trump en Estados Unidos, donde un 40 por ciento del electorado general lo respalda. Los conservadores cumplieron con su deber para con la verdad. Los republicanos jamás se atreverán a hacerlo, ni porque las ofensas del expresidente son mucho más ruinosas para la democracia que las mentirijillas de Johnson. Dos políticos muy parecidos, pero en contextos muy diferentes.