Los Centros Históricos del mundo, fundamentalmente en Occidente, concentran no solamente las instituciones administrativas que permiten el funcionamiento de los estados, con toda la infraestructura operativa, que además de sus recursos físicos, aglomeran al mundo de expertos que conducen los destinos de las sociedades. El valor simbólico, es el otro eslabón de todo gobierno: la belleza impone, marca las glorias históricas de sus sociedades; sus páginas edificantes que se asoman tras sus ventanas, en los marcos y herrajes de sus palacios, en sus aceras y faroles que con luz tenue rememoran el paso de los siglos donde las calamidades pasadas son cicatrices orgullosas del devenir de nuestras sociedades.
Los Centros Históricos son el cuerpo espiritual de la nación, con ese halo sacrosanto que lo envuelve. A la manera de un recinto religioso, requiere de espacios para ser contemplado, pues son cientos los años que un pestañeo retiene, y seguramente, el suspiro por nuestros antepasados se erigirá como una loa o un lamento por una partida no del todo ida, pues el entorno que les diera identidad se conserva aún como trofeo frente a lo limitado de nuestras presencias.
En tal edificio mi padre tuvo su despacho; en este otro, habitó mi abuela, y con ella comía en este lugar al que fueron sus padres, y a su vez, los de estos. Aquí murió tal tío… allí, compré mi primer libro; en tal café, el primer cappuccino con rompope que esparcía su aroma por una calle donde otrora los carruajes transportaban a la gloriosa corte novohispana, una de las más ricas de su tiempo, como constatan los flamantes palacios y paseos donde late la historia de un Imperio hecho República, que es crisol y gloria de civilizaciones.
Nuestras Iglesias; nuestros hermosos relicarios que guarecen los sepulcros y la consagración de nuestro pasado; con su eterno olor a flores e incienso que abundaron en los ya desaparecidos conventos, pobladores de un paisaje contenido en la memoria.
El Centro Histórico es un entorno de reverencia, que lo mismo gobierna, que representa, no puede ser el despojo miserable que los invasores ambulantes con su zafiedad morbosa, han hecho de nuestra historia. La fealdad obscena conjuga la falta de respeto por nuestra ciudad, con la evidente ilegalidad de su presencia por algunos romantizada, justificando como siempre al transgresor revestido de víctima, sin analizar más a fondo a la mafia que los coloca, y nutre sin pudor alguno.
El Centro capitalino es administrado por la Federación, el lamentable estado con que lo tienen sólo puede tener en ellos a los responsables. Si una sociedad no cuida su patrimonio de los bárbaros, condena a la legitimidad institucional a ser sepultada por esas montañas de basura con la que esa gente marca sus despojos.