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Un vestíbulo a la fosa

Un vestíbulo a la fosa

Columnas martes 23 de junio de 2020 - 02:35

“El mal no tenía cura. Todos aquellos esfuerzos no era sino vanos intentos por estar en paz con nuestra conciencia. No sé dónde nos han enseñado que socorrer al desvalido equivale a apartarlo de las garras de la muerte a cualquier precio”, dice el narrador de Salón de belleza de Mario Bellatin, el regente del Moridero: una estética convertida en refugio para los moribundos infectados por una desgarradora enfermedad.

Narrada por el dueño del salón de belleza, la obra de Bellatin relata la labor casi beatífica de un hombre que de forma accidental y paulatina se dedica a acompañar en la agonía a aquellos otros: los humillados, los expulsados por la sociedad, los que padecen una peste irremediable.

El narrador cuenta su fiestera juventud travestido con sus amigos en las esquinas en busca de algún novio para disfrutar la noche. En aquellos años de prosperidad y diversión decide poner un salón de belleza, el cual decora con coloridas peceras que cuida con esmero para aumentar la clientela.

Conforme la juventud se esfuma, el salón de belleza se torna un vestíbulo a la fosa. El narrador comienza a recoger de las calles hombres contagiados, maltrechos por la enfermedad, el rechazo de sus familias, la humillación de los hospitales, los abusos sexuales y la violencia de otros hombres. Los peces, como los enfermos, comienzan a morir en el salón de belleza. El lugar apesta entre las supuraciones de los desvalidos y las sucias peceras. Los peces vivos conviven en las mismas aguas con los moribundos y los muertos. Entre tanta suciedad no se distingue los que flotan de los que nadan.

Las reglas del regente para administrar el Moridero son bien claras. No acepta mujeres ni enfermos aún vigorosos; solo hasta que los cuerpos estén irreconocibles, invadidos por llagas y ampollas y sus voces sean un grito delirante de agonía, es que podrán acceder a una de las camas del salón de belleza. Ahí serán aprovisionados con sopa y compañía para morir. No se permiten doctores, medicinas, chamanería ni ningún tipo de esperanza o consuelo de amigos: nada que pueda aferrar a los enfermos a la vida. Únicamente se acepta dinero, dulces y ropa. Si los enfermos llegan derrotados, su ánimo es idóneo para el Moridero, si acuden con un poco de fervor, el narrador se encargará de atemperarlos hasta llevarlos al letargo.

Esporádicamente alguna asociación da al Moridero un poco de ayuda en forma de dinero o mantas, pero nunca se pasean por ahí. El contacto con el exterior brilla por su ausencia hasta que brilla por la luz de las antorchas sostenidas por algún grupo de vecinos furiosos que quiere desalojar o exterminar ese “foco infeccioso”.

Esta excelente novela, claustrofóbica y feroz es tan violenta en su historia como en su lenguaje: llano, claro y sucinto. Una narración poco emotiva, sin jerarquización entre lo bello y lo terrible, lo atroz y lo humano, que ataja a sus lectores con una dispepsia de la cual es difícil recuperarse.

El sosiego del narrador no se debe a su envilecimiento, sino a su decaimiento y resignación. Los enfermos de esta peste para la sociedad son una molestia, una cosa a sacrificar y olvidar. Vivir en los márgenes hace que los enfermos sean solo cuerpos en trance de desaparición, sin subjetividad, sin nombre, reemplazables.

Para no redoblar la agonía, cuando el narrador comienza a regentar el Moridero decide sacar los espejos del salón de belleza que antes multiplicaban los colores de los peces y de los clientes embellecidos en luminosos cosméticos. El Moridero no necesita de espejos. No necesita de ayuda. No necesita nada. Los enfermos y los cadáveres se multiplican solos.


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/CR

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