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Siempre ha sido sospechoso, el intelectual que presta su pluma para convertirse en pregonero de alguna ideología, concediendo sentido -o al menos intentándolo-, para lavarle las manos sucias al tirano en turno, con su camarilla desgraciada. Evidentemente no se pretende una postura puritana que crea que el intelectual, por serlo, carezca de simpatías hacia ciertos personajes o causas, podemos afirmar que eso es connatural al ser humano, y negarlo es de una injusta ilusión, que no va con la posesión de su conocimiento.
Lo que no es posible, es el ser mercenario del pagador en turno, el que prostituye las ideas al mejor postor o se convierte en el siervo envilecido de alguna postura dogmática, como en su tiempo lo llegó a ser el marxismo, no porque el estudio y enseñanza del gran pensador alemán no sea fundamental en el conocimiento de cualquier persona ilustrada. Lo despreciable es la a crítica defensa de cualquier pensamiento, pues en ese momento el intelectual abdica a esa dignidad que confiere el saber, transformándose en el maestro de un séquito de adoctrinados a los que antes que el saber científico los posee la ideología.
Platón criticará de los sofistas, la entrega de estos al servicio de la élite gobernante, y el problema de aquellos sublimes maestros de retórica, de nombres tan ilustres como Protagoras, Gorgias o Hípias, tan grandes que conforman el cosmos dialógico del corpus platónico, es el intento justificatorio de un sector como el que por ese entonces, llevaría a la democracia ateniense a su ocaso, no evitando ni su aberrante guerra contra Esparta, y después, el establecimiento de una tiranía con varios de sus pupilos al frente de un proyecto tiránico que tal parecía que la ineficacia y la corrupción, serían el pan nuestro de sus arbitrariedades.
El intelectual, y para ser más específico, el filósofo, no puede ser el justificador a sueldo del tirano y sus siervos, si bien existen nefastos ejemplos de servilismo, semejante abyección resta cualquier tipo de seriedad a cuanto argumento esgrima, pues de aspirar a cierta independencia intelectual, se muestra una alienación vil, a la manera de la que pedían los soviéticos a cuanto apologeta tuvieran por el mundo entero.
El conocimiento busca la razonabilidad de los argumentos, la validez de las teorías y en todo momento se muestra abierta y receptiva a cuanta objeción suscitaran sus afirmaciones, pues al menos desde Galileo, la búsqueda de la verdad no marca el proyecto de la ciencia, a la que constituyen sus muy variadas teorías, en constante discusión entre ellas. De aquel sujeto, con aires de predicador, que en nombre de la ciencia diga que posee la verdad, solamente la desconfianza puede envolver sus palabras y la duda es deber de cuanta racionalidad se lo tope.