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Columnas
Añeja es la exigencia de las organizaciones de invasores, esas que lucran con su posible origen indígena (de suyo respetable por sí) con el que presionan a las autoridades para apropiarse de espacios públicos y exigir vivienda, sí, ambos ¿por qué razón? por la más impulcra de las extorsiones: lucrar con su origen étnico, que algunos utilizan para ganarse el favor popular, protagonizando violencia en contra de los ciudadanos, a los que atacan y graban en videos para subirlos en las redes, mostrando cómo supuestamente son víctimas del clasismo y el racismo de los ciudadanos que no pueden siquiera manifestar su descontento con la invasión de su espacio público.
Hará unos tres años, cuando el Gobierno Capitalino regaló viviendas a estas “víctimas” en el Estado de México -de la manera que a ellos les gusta, sin pagar y mediante el uso de la violencia-. Obviamente son gente muy delicada que quiere vivir en el Centro, y fue a armar su escándalo a la Secretaría de Gobierno Capitalina, porque el “maligno gobierno” se aprovechaba de ellos. Fue la razón por la que el gobierno de la ciudad no les volvió a conceder nada, e iniciaron sus violentos paros en calles estratégicas que van desde el permanente cierre de la Avenida Veinte de Noviembre, hasta la ocupación de Reforma, donde todos supimos cuando una mujer indígena roció de gasolina a los oficiales -cotidiana e injustamente humillados, extorsionados, golpeados y calumniados por “las víctimas”- quienes, cumpliendo su deber, intentaron desalojarlos del cruce con Insurgentes. Desde entonces no paran y sus exigencias se desproporcionan.
Exigen vivienda, se roban calles y su última modalidad delincuencial: la instalación constante de ferias de artesanos e indígenas a quienes cobran entre 10 y 20 mil pesos por espacio, donde el contrabando abunda, a la par que sus abusos y groserías a toda una ciudad donde mucha gente de buena voluntad, es fácilmente envuelta en un discurso victimista que parece obvio, pero lo cierto es que estos no son “inocentes”, sino bandas delincuenciales que no existirían, si dentro de la ciudadanía y los visitantes además de no consumir sus productos apócrifos, tampoco consumieran el discurso victimista con el que esta gente se muestra falsamente violentada.
Este servidor y defensor orgulloso del Centro Histórico que lo vio nacer, fue testigo de cómo hace un par de semanas, un vendedor de elotes ubicado a un costado del Monumento a Beethoven, en la Alameda Central, golpeaba a un joven que increpó a una mujer que gritaba que estos grupos invasores siempre habían estado en aquel lugar. Esto es falso, se lo dijeron, y mientras el joven era lastimado, los amigos del golpeador grababan su fechoría para mostrar al mundo cómo ellos, pobre gente, era discriminada por un maldito ciudadano agresivo.