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Columnas
Soy una mujer que todavía sueña con un México donde las mujeres algún día dejemos de sentir miedo al salir a la calle, un México donde los estigmas y violencias hacia nosotras se erradiquen. Nacer mujer en México trae consigo condiciones desiguales, vivimos las consecuencias de un sistema que ha perpetuado la violencia, la discriminación y la falta de oportunidades. De acuerdo con el informe "Femicides in 2023: Global estimates of intimate partner/familymember femicides" de Naciones Unidas, cada 10 minutos una mujer en el mundo pierde la vida en manos de su pareja o un miembro de su familia. En México, cada día 10 mujeres son asesinadas y, en promedio, una de cada tres ha sufrido abusos a lo largo de su vida.
Nuestro país ocupa el vergonzoso primer lugar en casos de menores de edad embarazadas y, en materia de educación, se estima que el 5.5% de la población es analfabeta. De ese porcentaje, el 61.5% son mujeres. Las grandes desigualdades estructurales se hacen presentes cuando de proteger nuestros derechos se trata. Vivimos tiempos difíciles en materia de seguridad; la violencia en nuestras vidas se hace presente en la calle, la casa, la escuela y el trabajo. Es increíble que, al día de hoy, no haya un Estado que verdaderamente procure nuestro bienestar más allá de la legislación que parece ser letra muerta en un papel.
Las mujeres en México vivimos con miedo al salir a la calle, la violencia feminicida no puede reducirse únicamente a estadísticas de homicidios; se manifiesta también en desapariciones, torturas, agresiones y otras formas que atentan contra la dignidad, integridad, libertad y vida de las mujeres. Frente a esta crisis social, tenemos una gran oportunidad: transformar nuestra realidad, nuestra sociedad y nuestro gobierno.
La lucha feminista ha visibilizado durante décadas la necesidad de cambios estructurales que garanticen la vida digna de las mujeres. Hoy, a pesar de los avances en legislación y derechos, seguimos enfrentando barreras impuestas por un sistema patriarcal que nos relega a la violencia y la desigualdad. La resistencia de las mujeres ha sido clave en la construcción de sociedades más justas, pero aún nos enfrentamos a desafíos enormes.
La gran revolución gestada por las mujeres ha sentado las bases para una sociedad más equitativa, con políticas que buscan el bienestar de quienes históricamente han sido excluidas, pero la realidad nos exige mucho más. No basta con reformas legales si las instituciones no responden con eficacia a las necesidades de las mujeres. necesitamos un Estado que garantice la seguridad y el acceso real a la justicia. Un Estado que no solo registre los feminicidios, sino que actúe para prevenirlos.
En este contexto, ser mujer en México significa salir a la calle con miedo, pero también con la convicción de que no podemos seguir viviendo así. Significa alzar la voz por las que ya no están y luchar por las que vendrán. Las mujeres lesbianas, en particular, enfrentan una doble discriminación: por género y por orientación sexual. En un país donde la heteronorma sigue siendo la regla, las mujeres de la diversidad seguimos siendo invisibilizadas, violentadas y relegadas a la periferia de los derechos.
Que el 8M sea, un recordatorio de que seguimos en lucha. Es el grito de quienes han sido silenciadas, es la rabia transformada en fuerza colectiva, la oportunidad de exigir, una vez más, que la vida de las mujeres deje de ser una estadística de muerte y violencia. México necesita un cambio profundo, y ese cambio solo será posible si las mujeres estamos al centro de toda política legislativa y pública.
Marchemos como un acto de sororidad y resistencia que exija el fin de la violencia de género, la discriminación y la impunidad, unámonos en una sola alma para dar voz a quienes han sido silenciadas.