Cada 6 de enero, la ilusión se despierta temprano en los hogares mexicanos. Es un ritual que se repite generación tras generación: el silencio de la madrugada roto por el ruido de los envoltorios que se desgarran y los gritos de alegría. Sin embargo, si nos detuviéramos a comparar los zapatos que se llenaban hace veinte o treinta años con los que se llenan hoy, notaríamos un cambio radical, casi irreconocible. Los Reyes Magos ya no cargan solo con balones de cuero, juegos de mesa o muñecas de trapo; ahora sus costales vienen pesados, repletos de circuitos, pantallas de alta definición y dispositivos que dependen totalmente de una conexión a Wi-Fi. Esta transformación no es solo estética, es de fondo, y nos obliga a hacernos una pregunta necesaria: ¿realmente hemos salido ganando con este cambio tecnológico?
Si echamos la vista atrás hacia finales de los noventa o principios de los dos mil, recordaremos que los regalos de los Reyes tenían una característica común: eran herramientas para la aventura, no el destino final. Unas bicicletas, unos patines o una simple patineta eran el motor que sacaba a los niños a la calle. Esos juguetes fomentaban el desarrollo físico de forma natural y espontánea; no era hacer ejercicio como una obligación, era simplemente vivir la infancia hasta quedar exhaustos. El niño era el protagonista absoluto de su juego: él corría, él pedaleaba, él imaginaba mundos enteros a partir de un pedazo de plástico o madera. Un fuerte hecho con sábanas y pinzas de ropa podía ser un castillo inexpugnable, y la creatividad era la que llenaba los huecos que el juguete no podía cubrir por sí solo.
Hoy, el panorama es drásticamente distinto. Los teléfonos inteligentes de última generación, las tablets de colores brillantes y las consolas que prometen gráficos hiperrealistas dominan las cartas de deseos. No se puede negar que la tecnología es fascinante y que, bien utilizada, ofrece posibilidades educativas que antes eran impensables. Pero en la práctica diaria, este dominio digital tiene un costo que apenas estamos empezando a entender. Al entregarle a un niño un juguete que lo hace todo por él que se mueve de forma autónoma, que emite sonidos pregrabados y que ofrece estímulos visuales constantes cada segundo, estamos, de cierta forma, apagando su capacidad de asombro y su músculo creativo.
Cuando un niño pasa la mañana de Reyes pegado a una pantalla, su mundo físico se reduce a unos cuantos centímetros cuadrados. El desarrollo cognitivo, que antes se alimentaba de resolver problemas espaciales al armar un rompecabezas o de inventar diálogos complejos entre figuras de acción, ahora se ve limitado por algoritmos diseñados específicamente para retener su atención de forma pasiva. El sedentarismo es la consecuencia más visible y preocupante: el esfuerzo físico de una tarde de quemados o de carreras en la cuadra ha sido reemplazado por el movimiento repetitivo del dedo pulgar sobre un cristal de vidrio. Estamos viendo una generación que domina el mundo digital antes de aprender a amarrarse las agujetas o a mantener el equilibrio en una patineta.
Además, existe un factor emocional que la tecnología suele diluir: la convivencia. Los juguetes de antes obligaban a la negociación y al contacto. Había que ponerse de acuerdo con el hermano o el vecino para compartir el turno de la bici o para decidir quién era el héroe y quién el villano en el juego de roles. La tablet, en cambio, es un objeto individualista. Crea una burbuja donde el niño está solo frente al dispositivo, aislado de los ruidos y de las personas que lo rodean. El juego compartido hoy suele ser a través de un micrófono con alguien que está a kilómetros de distancia, perdiendo la riqueza de la interpretación de gestos, el contacto visual y la empatía que solo da el juego frente a frente.
Es importante aclarar que no se trata de convertirnos en enemigos del progreso ni de prohibir la tecnología. Vivimos en un mundo digital y es natural que los niños quieran formar parte de él; las herramientas tecnológicas serán esenciales en su vida adulta. Sin embargo, como sociedad, padres y figuras de autoridad, tendríamos que valorar un equilibrio más saludable. Un juguete que fomenta la creatividad manual, como un juego de construcción de bloques o un kit de pinturas, o algo que invite al movimiento físico, aporta beneficios neuronales y emocionales que una aplicación de celular simplemente no puede replicar.
El desarrollo integral de un niño depende de su interacción con el entorno real y tangible. Necesitan sentir el peso de los objetos, ensuciarse las manos con tierra, caerse de la bici y experimentar la frustración de aprender a levantarse. Necesitan aburrirse para que, de ese aburrimiento, surja una idea nueva. Quizás este año, el mejor regalo que los Reyes Magos podrían traer no es el dispositivo más caro o el videojuego de moda, sino la oportunidad de que los niños vuelvan a ser los arquitectos de sus propias historias.
Al final del día, los juguetes de madera, las pelotas y los patines tenían algo que la tecnología más avanzada difícilmente puede copiar: la capacidad de convertir cualquier tarde ordinaria en una aventura épica donde la batería nunca se agotaba. Apostemos por regalar menos pantallas y más experiencias que duren toda la vida, permitiendo que la magia de los Reyes Magos siga siendo un motor para que los niños corran, imaginen y, sobre todo, crezcan sanos en cuerpo y mente.
Octygeek / Alejandro del Valle Tokunhaga