Se aprende en investigación policial que “el tiempo es la verdad que huye”, refiriéndose a que minutos, horas, días, semanas, meses, años, son la diferencia para determinar las condiciones que rodean a un hecho delictivo, es decir, esclarecerlo.
Sherlock Holmes dependía de la inmediatez para resolver los casos que le eran planteados. Así lo concibió Sir Arthur Conan Doyle y algo sabía del tema. Dotó a su celebérrimo personaje de una pasión indiscutible por la precisión y el detalle. Pero esas características estaban íntimamente vinculadas al tiempo en que obtenía la información.
Holmes podía analizar escenas del crimen -lugar de los hechos o del hallazgo- y observar aquello invisible a los demás. También era maestro del contexto. Incluía en sus análisis factores tan variados como el clima, eventos relevantes la víspera, el sonido de las calles, música, colores, olores, potenciales testigos y mucho más
“A partir de cierto punto, cada nuevo dato añadido desplaza necesariamente a otro que ya poseíamos. Resulta por tanto de inestimable importancia vigilar que los hechos inútiles no arrebaten espacio a los útiles”, se lee en una parte de Estudio en escarlata, uno de los más conocidos relatos de Conan Doyle.
También escribió: “La vida toda es una gran cadena cuya naturaleza se manifiesta a la sola vista de un eslabón aislado”, y una frase que debiera ser recordatorio para quienes investigan: “el cerebro de cada cual es como una pequeña pieza vacía que vamos amueblando con elementos de nuestra elección. Un necio echa mano de cuanto encuentra a su paso, de modo que el conocimiento que pudiera serle útil, o no encuentra cabida o, en el mejor de los casos, se haya tan revuelto con las demás cosas que resulta difícil dar con él”.
Así, todo suceso que permite ventajas a la mente para imponerse a la evidencia, se torna una bola de nieve que genera avalanchas de hipótesis, motivaciones, creencias, argumentos o teorías. Avalanchas que alimentan debates o elucubraciones, pero no de “verdades”, sino de “realidades”. Y, se sabe, no existe desmoronamiento que deje algo bueno tras de sí.
¿Llegó el hombre a caminar sobre la superficie lunar? ¿Existió un complot para asesinar a John F. Kennedy en Dallas con distintos francotiradores? ¿Se examinó a un ser extraterrestre en el llamado Incidente Roswell en 1947? ¿Luis Donaldo Colosio fue víctima de un asesino solitario? ¿Cuántas muertes atestiguó la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco? ¿Existió conjura para asesinar a un Papa?
¿Qué es la verdad y qué es la realidad? ¿Existe alguna conexión entre ambas? No hay un sendero en el campo de la realidad para llegar a la verdad. El tambor vibra porque está vacío. La realidad es “todas las cosas”; la verdad es “ninguna cosa”. Tales planteamientos pertenecen al pensamiento de Jiddu Krishnamurti en los años 20 del siglo pasado. [Pueden leerse en Krishnamurti, Jiddu, VERDAD Y REALIDAD, Editorial Kairós.]
El dolor que generan los muertos por la violencia criminal en México y el resto del mundo son la máxima motivación para miles de profesionales de la investigación policial, que tratan de llevar respuestas y consuelo a quienes los padecen. Intentan ser Holmes, se cuestionan como Krishnamurti y viven el asedio de la incredulidad propia de la conveniencia política.
Hay casos que Holmes no podría resolver, simplemente por llegar a destiempo. Debería saberse y, por qué no, confiar en quienes actúan sabiendo que: “El tiempo es la verdad que huye”. Aún cuando sus hallazgos sean políticamente incorrectos.
De ahí parte la sutil diferencia entre verdad y realidad.