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9 de marzo

9 de marzo

Columnas viernes 21 de febrero de 2020 - 02:39

Comienza a tomar fuerza la propuesta de que las mujeres hagan un paro nacional el día 9 de marzo. Que ninguna vaya a la escuela; que ninguna vaya al trabajo; que no realicen sus actividades cotidianas, lo que, de alguna manera, puede traducirse en los hechos en un día sin mujeres.
Respaldo cualquier medida de protesta que las mujeres decidan tomar no sólo para visibilizar la violencia y la crisis de feminicidios, que ya era más que evidente antes del #MeToo, esa poderosa lupa que puso el asunto bajo el más potente de los reflectores, sino para demostrarnos las inconsistencias y discrepancias entre el país que narrativamente se ha querido construir por décadas y décadas desde el poder, y la dolorosa, injusta y sangrienta realidad.
Estoy completamente de acuerdo en que expresen todos sus agravios en el mobiliario histórico, pues no hay mejor manera de hacer patente la disonancia entre la narrativa histórica y la realidad que vivimos. Un país no debe aspirar a ser un museo intocable, sino un tejido vivo y coherente, por lo que nuestros monumentos, estatuas, paredes y puertas más simbólicas, esas que se suponen resguardan o recuerdan nuestras gestas históricas, nuestra democracia y nuestra libertad, deben seguir siendo útiles a quienes habitamos estas tierras hoy en día, sirviendo en este caso para exhibir la simulación del país en el que vivimos, en el que la igualdad, la justicia y la consideración a quienes son más débiles, son sólo máscaras huecos, símbolos que nada dicen. Si las mujeres rompen y pintan los monumentos, lo que hacen es tratar de enmendar una narrativa falsa y vacía a través de sus símbolos.
En esa línea, apoyo sin regateos la manifestación colectiva que se propone para el 9 de marzo. Sin embargo, me interesa pensar en lo que haremos los hombres ese lunes. Me preocupa que no sepamos estar a la altura y que sigamos siendo analfabetas ante los signos de libertad que las mujeres plasman en piedras y estatuas, en la narrativa alternativa que intentan desarrollar y que, por eso, a tantos aterra. Muchos somos maestros, directores de escuelas, patrones, jefes, compañeros de trabajo, padres, esposos de las mujeres que pararán ese día. Ojalá recordemos que la deuda es básicamente una deuda de género. Los muchos acosadores, golpeadores, violadores, feminicidas, son hombres y están entre nosotros. Sería lamentable que ese día, que se abre para que todos ensayemos la empatía, para tratar de comenzar a redimir la deuda de género, seamos los hombres de nuevo el primer dique: otra vez un obstáculo a sortear por las mujeres que desean expresar sus legítimos reclamos de justicia e igualdad. Quienes han escrito la historia del abuso y la violencia, no quieren que pinten encima de su esmerado relato de odio.
Desde ahora propongo que las más altas autoridades del país, declaren una amnistía laboral y educativa el próximo lunes 9 de marzo de 2020, para que todas aquellas mujeres que por miedo o reservas diversas no estén seguras de sumarse a la propuesta, cuenten con las garantías de que no habrá consecuencias ni salariales, ni educativas, ni represalias de otro tipo. En el mismo sentido, propongo que ese día se inicie un censo nacional de la justicia de género para saber el estado que guardan de las denuncias, demandas y sentencias que el sistema de justicia del país tiene de cara al fenómeno de la violencia de género, para estar en posibilidades reales de ofrecer propuestas de solución concretas.
Invito a los hombres a reflexionar que, de ser el caso que no acompañemos o nos solidaricemos con las mujeres este 9 de marzo, la fuente primaria de represalias frente a ese acto de libertad y justicia seríamos nosotros mismos, lo que no sólo exhibiría nuestra incapacidad emocional para ser parte de la solución a la violencia, sino también exhibiría nuestra ridiculez primitiva, nuestra ceguera histórica, nutrida siempre por el deseo cavernícola de controlar por la fuerza y mediante la violencia, a quienes, diferentes, son iguales en derechos a nosotros.

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/CR

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