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Abyección y servilismo

Abyección y servilismo

Columnas viernes 12 de noviembre de 2021 -

Servir a tiranos, siempre ha implicado un abyecto juego de sumisión, o una particular simulación que esconde abnegación con estrategia. Sin embargo, ninguna de ambas se salva que a ojos del elegido, el servilismo ejemplar le sea evidente, satisfaciendo lo más grosero del afán autoritario.

Lo más común es la sumisión, que implica la predisposición a asumirse como un juguete vil del capricho tiránico, un animalito tierno al cual premiar cuando todo está tranquilo y se han cumplido las expectativas de lo deseado, aunque esto represente lo más bajo de la abyección, incluyendo el crimen. El chiste es hacerlo bien y satisfacer al indicado.


El segundo punto, que es la simulación, al menos deja un poco de dignidad al sujeto, que si bien juega a quedar bien con el amo, es evidente que no comparte muchos de sus principios, incluso puede tener el don de saber evadir las órdenes más infames del tirano, aludiendo siempre a una “buena razón” (que si lo es o no, lo trascendente es que evitó una catástrofe). Todo está en saber presentar al tirano que tal hecho le representaría un costo que no estaba en posición de asumir.

Recordemos que los déspotas comprenden en sí mismos, el epicentro de la política, aunque si atendemos a la definición de Hannah Arendt, política solamente puede ser aquello que implique la acción por parte de los ciudadanos, el quehacer mismo del deber de la libertad, contraponiéndose al autoritarismo de un gobernante que cree que política es patrimonio, cuando es la acción de todos los que formamos parte de una república.

Evocando a Arendt, ella se convirtió en el eje crítico no solamente de los sistemas políticos que hicieron de la masa su ejército de golpeadores, sino que también estudia, al más puro estilo de lo que ya había iniciado su maestro Heidegger al respecto de cómo es el ser humano formado en los principios de la técnica, ciegos ante el sentido del mundo. Arendt denominará “mal banal”, precisamente al ser de ese sujeto que anteponiendo su muy personal beneficio, material sobre todo, es capaz de abstraerse de las responsabilidades que como funcionarios, o seres humanos, nos corresponde por el solo hecho de ser criaturas inteligentes.

Arendt comprende al auto-objetuado sirviente del tirano, como un sujeto comprometido con el beneficio propio, no importando si ello representa ser el genocida Eichmann, del que escribirá uno de sus grandes relatos al remontarse al perpetrador de la “solución final”, quedando definido como un tipo común, no portador de ninguna capacidad de mal incomprensible y que sin creer ciegamente en una causa, siempre creyó en que él merecía abundancia a costa de sus congéneres. Si se sirve a un tirano, asuman que la renuncia a la dignidad es incuestionable.


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/CR

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