La boda de unos buenos amigos me llevó, treinta años después, a una ciudad pequeña en tamaño pero inmensa en historia, luz y memoria: Campeche.
Con poco más de 300 mil habitantes, esta capital amurallada (declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad) conserva un ritmo distinto. Aquí el tiempo no corre: camina. Las fachadas de colores, los balcones coloniales y la brisa salina del Golfo acompañan una cotidianidad serena que invita a bajar la velocidad. Campeche no busca impresionar; abraza.
La presencia maya no es un capítulo del pasado, es parte del presente. Se percibe en los apellidos, en la cocina, en la manera de entender la tierra y el mar. Muy cerca de la ciudad se encuentra Edzná, una de las zonas arqueológicas más importantes de la región. Caminar entre sus estructuras, imponentes, silenciosas, perfectamente alineadas con el cosmos, es reconectar con una civilización que entendía el tiempo, la naturaleza y la comunidad desde una profundidad que todavía resuena. No es un paseo turístico más; es una experiencia que coloca todo en perspectiva.
Y después de historia, siempre viene la mesa.
Porque si algo confirma Campeche es que el mar no solo se contempla: se sirve.
La Pigua fue una recomendación insistente de amigos foodies, y entendí por qué desde el primer bocado. Es uno de los restaurantes más reconocidos de la ciudad, con una propuesta de cocina marina bien ejecutada y un ambiente elegante pero relajado. Comencé con un bisque de camarón profundo y reconfortante, lleno de sabor y técnica. Como plato fuerte elegí el pulpo San Francis, perfectamente cocido, con distintas texturas y una salsa que lograba equilibrio y carácter. Cerré con un pastel de coco coronado por un merengue delicado y bien trabajado. Una comida redonda, de esas que justifican el viaje.
Marganzo es otro clásico local, ampliamente querido por campechanos y visitantes. De ambiente familiar y cocina generosa, su carta es un homenaje al mar. Aquí decidí compartir una parrillada con langosta, abundante y bien sazonada, donde cada elemento respetaba el producto. Antes, una sopa de chaya con verduras abrió el apetito y reconfortó el cuerpo con ese sabor vegetal tan característico del sureste. Marganzo no pretende reinventar nada: ejecuta con honestidad, y eso siempre se agradece.
Para el desayuno, dos espacios que vale la pena tener en el radar.
La Bartola, frente al malecón, es pequeño, luminoso y acogedor. Sus jugos naturales en combinaciones frescas son ideales para comenzar el día, y su carta de desayunos es amplia sin perder calidad. Probé los huevos de la casa: estrellados sobre una cama de queso panela con salsa ligeramente picante y fresca. Sencillos, bien logrados y reconfortantes. Los hotcakes, esponjosos y acompañados de frutos rojos, fueron el toque dulce perfecto.
En la emblemática calle 59, una de las más fotografiadas del centro histórico, se encuentra Xhol-Ha, instalado en una casona colonial restaurada. Es un espacio ideal para una mañana tranquila. Ahí degusté un quiché de calabaza local, crocante por fuera y suave por dentro, acompañado de un jugo de chaya, mango y piña que resumía el trópico en un vaso. Un desayuno fresco, ligero y muy bien pensado.
Campeche también es murallas y fuertes que recuerdan su pasado pirata; es el Fuerte de San Miguel y el de San José vigilando el horizonte; es la mezcla de culturas que sobrevivieron a la conquista y transformaron su historia en identidad. Pero más allá de la postal, es una ciudad que se siente auténtica.
Así que, queridos amantes del buen comer, si además de gastronomía buscan historia viva, mar generoso y una pausa necesaria del ruido cotidiano, Campeche es una gran elección. Una ciudad que no grita su grandeza, pero la deja sentir en cada paso… y en cada plato.
¡Buen provecho!
Amante del Buen Comer