Todo está mal cuando ya las palabras no alcanzan. El objetivo del discurso público en una sociedad libre, es que las más diversas voces de la sociedad puedan manifestar sus desacuerdos por más contradictorios, irascibles o hasta descabellados nos parezcan, porque mientras todo pueda manifestarse con el poder de las palabras, la garantía de la libertad queda establecida, y no se contiene todo ese cúmulo de cosas que, como dirá Nietzsche a través de su metáfora del “hombre camello”, donde alguien se guarda -o es obligado a- no expresarse, generando la protuberancia que deformándolo, en cualquier momento se reventará con las consecuencias más inesperadas.
Las sociedades libres mantienen, promueven y protegen esos lugares para la discusión, desde la vieja Ágora -plaza pública- en Atenas, hasta los medios de difusión masiva y redes sociales de nuestro tiempo. Lo importante, idealmente, sería que no ocurriera lo que fatalmente aconteció con la cooptación de las plataformas por parte de grupos políticos que han viciado el discurso, destrozando la credibilidad del mensaje en estos recursos, como cuando el algoritmo localiza las tendencias de la persona, y lo nutre permanentemente con información amoldada a sus preferencias.
La riqueza del criterio de un ciudadano se da en la pluralidad, donde los diversos pensamientos se manifiestan y son plenamente capaces de entender que, de la manutención del foro, su propio punto de vista, de necesitarlo, podrá expresarse sin mayor consecuencia que el debate entre pares al que motivará su pronunciamiento, y al que se debe de estar dispuesto a participar cuando la opinión brindada, se dirige a toda una sociedad.
La pluralidad se envilece mediante la invasión del espacio de discusión, donde, además del perverso uso de los recursos tecnológicos al servicio de quien pueda pagarlos, se suma la estridencia de los discursos facciosos; del uso de la palabra que no aspira al perfeccionamiento de la vida pública, mediante propuestas ricas en virtud, sino maleficamente arrojadas cual granadas que estallan en las mentes de los escuchas, camuflajeadas de justas causas -que en principio, pueden serlo-, que esconden la manzana envenenada que atentará contra el criterio ciudadano.
Grupos de invasores de propiedades que se autodenominan sindicatos; grupos de extorsionadores que se exhiben como comerciantes; grupos de choque al servicio de la tiranía que se embozan de negro para desintegrar las causas legítimas de cualquier expresión urbana, y todos esos que en nombre de “su necesidad” apelan a principios justicieros para cometer sus delitos: el pueblo que se roba un camión repartidor accidentado o el gobernante que amedrenta a quien discierne de él, por resultarle incómodo. Es así el discurso de justicia de Carlos Manzo, el más digno funcionario cuyas palabras se quedarán en el corazón de los ciudadanos, y florecerán con inesperados frutos para los tiranos.