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Damocles 2.0.

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Columnas jueves 03 de noviembre de 2022 -

Los teóricos de la Guerra Fría que siempre tomaron en serio la posibilidad de una guerra nuclear total, están orgullosos de haber cometido ese “error” en su prospectiva, porque hubiera sido peor explicar el error contrario, justificando un optimismo baboso en un mundo radioactivo. Siempre hay que estar preparado para el peor escenario, máxime en una arena anárquica como el sistema internacional.

Militarmente, la guerra de Ucrania está en un impasse. Pero eso no obsta para que la situación esté obligando a dibujarun nuevo orden internacional presente y de futuro mediato.

El ministro de Relaciones Exteriores de Inglaterra se une a la de Estados Unidos en el sentido de advertir a Rusia de “graves consecuencias si detona una bomba nuclear”. Con todo y sus ambigüedades, Putin ha dicho, por fin, que no planea usar armas nucleares contra Ucrania, porque no le ve sentido militar ni político. ¿Porqué entonces todos insisten en hablar de la posibilidad?

Creo que hay maña discursiva de todas las partes. En primer lugar, permite encapsular la narrativa de moralidad exclusivamente la amenaza nuclear. Más que los muertos y los costos de la guerra (que el mundo ya ha asimilado como una variable más de la economía), el tema es “quién es el que está amenazando con usar armas nucleares”, para decir quién es el malo en esta guerra. Putin dice que occidente y viceversa. Pero hay un efecto más interesante y más perverso. Al centrar las amenazas en que no se cruce ESA línea, la de las armas nucleares, se acepta tácitamente todo lo demás. Decir que me voy a meter al conflicto si detonas un arma nuclear, y decirlo reiteradamente, equivale a decir que mientras no la detones, no me involucraré más de lo que ya estoy. Y creo que esa narrativa es la que les permitirá salvar la cara tanto a EU como a GB si la guerra se extiende y el apoyo concreto a Ucrania (armas y dinero) deja de ser políticamente y electoralmente sostenible en sus países.

Por otra parte, Rusia está escalando el conflicto mediante ataques más frecuentes a la capital de Ucrania y otras ciudades que no forman parte del territorio en disputa. Eso tiene un sentido también político, y por eso le urgía a Rusia la anexión, reconocida o no. Porque ahora no puede bombardear esos territorios indiscriminadamente, pues estaría atacando, bajo su narrativa, territorio ruso. Así, la batalla “debe” librarse en otras latitudes (Kiev, por ejemplo).

Gideon Rachman, en un reciente artículo del Financial Times, de forma muy práctica, explica la lógica de la narrativa nuclear, que podemos sintetizar como sigue: si la bomba se detona, así sea una táctica de corto alcance, el armagedón no es, como en el siglo XX, la salida más obvia. Occidente puede no responder con otra, sino con un bloqueo político y económico ahora sí total sobre Rusia. Precisamente, para evitar la escalada.
Sin embargo, este escenario conlleva algo más siniestro: la normalización nuclear. Es la famosa aniquilación mutua asegurada la que ha constituido el paradigma desde 1945 para no usar armas nucleares en los conflictos. Si un país lo hace y las consecuencias no son las de una respuesta nuclear, el uso de esas armas “tácticas” se vuelve fair play para todas las potencias nucleares, y las usarán contra países que no las tengan. Ahora bien, si la bomba no se detona y se cede a las pretensiones de Rusia por la amenaza nuclear, el precedente que se sienta es el de la efectividad del chantaje nuclear. Y ese también es peligroso, porque si a Rusia le funciona la amenaza para que la OTAN se retraiga, lo más probable es que repita su estrategia de Ucrania en otros países de Europa del Este; las conclusiones que sacaría de ese incidente China y Corea del Norte, son obvias. Adión Taiwán y Corea del Sur.

Al final, sigue siendo un juego de bluffs. En la Guerra Fría funcionó porque, no solo en el tema de las armas reales, sino en el de la propaganda, tanto EU como la URSS tuvieron éxito en convencer al otro, y a todo el mundo, de que contaban con la decisión y el poder suficiente para destruir el planeta. En este momento, Rusia está tratando de crear la misma convicción, pero la OTAN no se está tragando el cuento. Más bien está segura de que puede acabar con toda Rusia en 30 minutos si a esta última se le ocurre detonar la primera bomba. Es un juego muy peligroso y lo que se juega es el mundo. Quienes tengan los códigos, en todas partes, por favor no la caguen.


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