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El adulto desautorizado

El adulto desautorizado

Columnas martes 26 de mayo de 2020 - 01:01

Una de las cosas que ha subrayado la crisis pandémica, en sus distintas aristas, es la brecha insalvable de comunicación que hay entre generaciones de personas. No es un tema nuevo; Anthony Burgess, en su clásico Naranja Mecánica, inventa un slang futurista para sus personajes adolescentes, mezcla de inglés y ruso, precisamente para que su tono fuera juvenil pero atemporal, sabiendo que cada pocos años, incluso, los modismos y el lenguaje en un mismo país cambian radicalmente. Hay cierta arrogancia y sentido de superioridad en un joven a quien el adulto no entiende. Lo malo es que el desacoplamiento tiene consecuencias graves cuando una generación debe pasar la estafeta a otra en las posiciones de responsabilidad pública, empresarial, familiar; en fin, cuando a los viejos les toca irse, y a los jóvenes tomar las riendas de los engranes para que el mundo siga girando.
Las generaciones tienen el deber y la necesidad, al final, de optar por una reconciliación en los momentos de senectud de una, y madurez de otra. Y para ello, el diálogo entre ellas es esencial; la comprensión, además, puede partir del análisis de los productos culturales a los que son afectos los jóvenes. Los productos culturales que son destinados a ellos, como las series de televisión juveniles, nos dicen mucho de sus miedos, sus deseos y su visión del mundo.
Me quiero referir a una serie reciente llamada Control Z. La premisa es que, dentro de una preparatoria pequeña, de nivel medio, un hacker comienza a revelar los secretos más obscuros de todos los estudiantes, y a exhibirlos en público, en pantalla gigante dentro del auditorio escolar. Da para muchos artículos, pero hoy me referiré solo a algo que ya había visto en otros programas juveniles; la desarticulación total y deliberada entre el mundo de los jóvenes y el de los adultos.
Los problemas graves son causados siempre por un joven, pero las soluciones deben provenir también de una persona joven. Los adultos que aparecen (padres de familia, maestros, autoridades escolares) son una variante de las siguientes cosas: corruptos, violentos, imbéciles, impotentes o mentirosos. El director de la escuela es una figura que está ahí para que lo extorsionen, lo empujen por meterse en una pelea de patio y lo insulten en su propia oficina. El adulto más adinerado, lo es por corrupto. Yo no sé si ver a cualquier persona adulta humillada y maltratada les cause excitación a los muchachos reales, pero los productores parecen creerlo. Lo malo es que ese deseo sería una extrapolación de nuestro sentimiento de repudio, como sociedad, a la autoridad política, científica y religiosa, porque esas figuras (padres, profesores) son antes que nada autoridades, a las que se les quita toda respetabilidad cuando se les retrata de esa manera.
El empoderamiento de los jóvenes no puede partir de ver a los adultos ridiculizados, ni viceversa. Y podríamos empezar por hacer mejor televisión, si es lo que todos ven, y de dónde sacan sus referentes simbólicos. No es un asunto menor.

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/CR

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