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El avión presidencial

El avión presidencial

Columnas viernes 18 de septiembre de 2020 - 00:49

A Pablito, en su cumpleaños


Por Luis Monteagudo


El “efecto distorsionador”, es el instrumento retórico generado con fines a que la opinión pública se concentre en ese hecho, en lugar de discutir una serie de temas cuya importancia pueden ser aún más trascendentes. Lo característico del instrumento referido, es lo desmesurado, lo desproporcionadamente ridículo -sin esas características- no tendrían el efecto deseado. Justamente eso es lo que se pretende: discutir sobre la locuacidad de la respuesta soez de alguna famosa vedette; fijarse en el amasiato escandaloso de algún famoso hombre de estado; entablar sendas disquisiciones a propósito del maquillaje vulgar de cierto personaje de la farándula… todos estos hechos multiplicados gracias al poder de los medios de comunicación, repetidos hasta el hartazgo, generan precisamente la situación buscada: el “efecto distorsionador”.
La retórica del presidente de la república, magistral estrella del “efecto manipulador”, nos puede remontar a una suma teatralidad, precisamente ese “theatrum mundi” de los grandes teóricos del poder barroco, casi como si el titular del ejecutivo reviviera la propaganda jesuita de la Guerra de los Treinta Años, con el tenebrismo plasmado en sendas pinturas expuestas tétricamente en los templos: gente asándose en parrillas; montones de corporalidades trituradas por demonios. Todo en medio fuego, azufre y gritos. El objetivo de la también denominada “contrareforma”, era generar o terror entre los posibles transgresores, conscientes de que sus acciones heréticas los conducirían a un castigo insufrible, o bien, una gran piedad, de todos aquellos que o arrepentidos, o empáticos con el dolor ajeno, se recogían en el seno de la oración y la penitencia. Los jesuitas realmente fueron estrategas de la propaganda, y sentarían el precedente de lo que hoy podemos observar en los juegos políticos del México contemporáneo.
El efecto manipulador lo podemos observar en dos pifias que costaron más caras que cualquier pintura jesuita de la contrareforma: el aeropuerto y el avión presidencial. Los inestimables costos económicos generados al país por la caprichosa idea presidencial, sólo son comparables al ridículo de la supuesta venta de un avión que, sin venderse, se rifó, pero lo que se rifó no fue un avión, sino un chantaje a empresarios a cambio de quién sabe qué. Un juego de palabras barroco, que solamente nos retrata la figura del artífice que, sin medir consecuencias, es capaz de cualquier cosa para desviar la atención de los grandes hechos políticos.
El theatrum mundi que contemplamos con semejantes escenificaciones ocultan: efectos destructivos de la pandemia, la economía y el desastre administrativo de un nuevo gobierno incapaz de ofrecer recursos ante un muy complicado contexto, en el que se discute, sin embargo, si los “cachitos” del avión deben de ser comprados, aunque una institución pública use nuestro dinero para comprar un millón de billetes sin que se diga “algo”.


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