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El coronavirus y el deber cristiano 

El coronavirus y el deber cristiano 

Columnas lunes 23 de marzo de 2020 - 01:12

¿Qué pasaría si en este momento terrible de pandemias que sufre el mundo los médicos decidieran cerrar los hospitales y se negaran a atender a los infectados de coronavirus por miedo al contagio? Sería una cobardía, una gravísima falta de ética profesional y una actitud de egoísmo criminal, porque han jurado salvar vidas y su trabajo es hacer todo por salvarlas arriesgando, incluso, su propia vida.
Pero tal parece que en la Iglesia —me refiero a la jerárquica—, se piensa de manera muy distinta; para gran consternación y escándalo de los fieles, algunos obispos han decidido suspender las misas dominicales y con ello privan del único alimento que da vida, la eucaristía, negando a los fieles el mayor de los consuelos y dando muestra de que algunos pastores no tienen fe, no creen en la protección de Dios que está sobre las leyes naturales que él mismo estableció, no creen que la santa misa es lo más grande que tenemos los católicos, de la que decían los mártires de la primitiva Iglesia: “sin la eucaristía no podemos vivir”.
El mensaje que se manda a los fieles es desolador, los médicos de almas cierran por miedo al contagio y se encierran a cal y canto en sus casas y templos, dan el mensaje a los fieles de que no hay más salida a esta pandemia que los medios humanos que, por cierto, han mostrado ser totalmente insuficientes, no invitan a sus fieles a campañas intensas de oración, de penitencia, de conversión, a tener una mirada sobrenatural para que puedan entender que lo más peligroso no es perder la vida física sino el alma, que esta vida nuestra, está en las manos de Dios, y que —sí, siendo responsables, obedeciendo las normas básicas de higiene y aislamiento que piden las autoridades y los expertos en salud para evitar el contagio de nuestras personas y los demás, mostrando caridad y responsabilidad— nadie morirá si no está en la voluntad de Dios que así suceda, a quien debemos volver la mirada con profunda humildad, reconociendo nuestra fragilidad y pidiendo perdón por nuestros pecados y los del mundo que se ha alejado de él, que lo ofende con tanta soberbia, inmoralidad, injusticias excesos y perversidades, y pedir clemencia por nuestra falta de fe, de piedad y de sumisión a Dios.
Felicidades a los médicos, al personal de salud y a los voluntarios que heroicamente están entregando su vida por los enfermos, pidamos por ellos, y Dios compense a los que han perdido su vida como Jesús, salvando la de los demás. Y pidamos por nuestros pastores miedosos que darán cuenta ante Dios por no dar la vida por sus ovejas como es su deber. Jesús lo dijo muy claro: “el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí la salvará”.

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