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El falso dilema autoritario

El falso dilema autoritario

Columnas miércoles 10 de junio de 2020 - 00:25

La polarización es la fractura de las sociedades en detrimento de la pluralidad democrática y la cancelación de la política como el arte del consenso. Tiene sus principales bases teóricas en la crítica al parlamentarismo de Carl Schmitt (ideólogo del nazismo) y en teoría de la hegemonía gramsciana (mal digerida por Ernesto Laclau), e irreductiblemente conduce al autoritarismo.
El demagogo se dirige siempre a las vísceras de la gente, excita pulsiones, prejuicios y deseos elementales. Rehúye en todo momento a la racionalización, siempre se dirige a la masa vulnerable a las emociones. El demócrata procura tratar a los ciudadanos como sujetos intelectual y moralmente autónomos.
Obviamente, contraponer de manera rígida pasión y razón, o retórica y lógica, es asaz arbitrario. Las neurociencias han destacado la contribución de la esfera emocional incluso para el funcionamiento mismo de la razón. Es imposible, e incluso indeseable, pretender depurar a la política de cualquier recurso simbólico, identitario o de la “irracionalidad”.
Además, los demagogos no vienen de la nada. La fragilidad institucional es una condición para su éxito. El desprestigio de una clase política incapaz de procesar las demandas populares provoca un desencanto del cual necesariamente deviene la búsqueda de culpables, en el “blanco y negro”.
Aristóteles lo dijo: “el demagogo dice al pueblo aquello que el pueblo quiere oír; el pueblo quiere oír aquello que dice el demagogo”. Todo un círculo vicioso, fundamento de una narrativa bordada con elementos del “sentido común”. Cuando señalan a la clase política tradicional como “corrupta” no hacen otra cosa sino confirmar las certezas de la “sabiduría popular”.
La fuerza del discurso demagógico reside en los estereotipos y los lugares comunes, forma una retórica funcional en consonancia con esquemas (prejuicios, resentimientos) enraizados. Alrededor de ello se construye la polarización, el maniqueísmo de “buenos contra malos”, la “homogeneización de lo heterogéneo”.
Pero la polarización como estrategia para preservar el poder tiene sus límites, tal y como hoy lo comprueba Donald Trump, quien esperaba sacar provecho de los saqueos de los últimos días para afianzar el voto de los blancos. Todavía muchos comparan su actitud autoritaria a la estrategia de “ley y orden”, la cual tanto sirvió a Richard Nixon en los comicios de 1968. En realidad la situación se parece más al año electoral de 1992, cuando George Bush padre se vio seriamente afectado por los disturbios raciales consecuencia de la golpiza recibida en Los Ángeles por el afroamericano Rodney King.
Según las últimas encuestas, el 64 por ciento de los estadounidenses simpatizan con los manifestantes. La derrota de Trump se antoja inevitable si los votantes negros, los blancos con nivel universitario y los jóvenes millennials asisten a las urnas en las proporciones como lo hicieron en 2012, año del triunfo de Obama.

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/CR

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