Las palabras caducan. Pierden vigencia cuando los hechos chocan abruptamente con el discurso. Se vuelven odiosas cuando una vez descubierta la treta, las quieren imponer mediante la fuerza, violando los principios fundamentales de la civilidad, sostenidos en el diálogo. Agreden de cuanta forma sea posible y la predisposición social para tolerarlos se reduce, conforme la agresividad se incrementa.
Síntoma del fin de un gobierno, como la fiebre a un cuerpo consumido por una terrible infección, es la agresión directa a los ciudadanos y eso no se tapa manipulando, tergiversando los hechos o arrojando a las mazmorras a los opositores, pues las deslegitimación del régimen va aconteciendo como aquel cuento donde poco a poco la polilla fue consumiendo el asiento del dictador -muy poco a poco-, hasta que el infestado mueble un día se trozó, provocando la caída del miserable que, tirado, ya no pudo reincorporarse al amado armatoste que se deshizo por una infesta que simboliza a los ciudadanos.
Todos los días podrán gritar su amor popular; proclamar una trama internacional en su contra -esos siempre son los inocentes atacados por los malignos que quieren ver fracasar su fabuloso proyecto- tan lleno de éxitos-; a la oligarquía, a los medios de comunicación, a quién ose poner en tela de juicio lo que el ciudadano común contempla todos los días: delincuencia; desgaste del sistema sanitario; envilecimiento e ideologización del sistema educativo; apoyo cínico a las grandes dictaduras regionales; inflación descontrolada, y mil etcéteras que corren el telón de una comedia de malos actores incapaces de encabezar el protagonismo que la historia les concediera.
Dicen que durarán siempre; dicen que no hay marcha atrás; dicen que son lo mejor que ha ocurrido aunque sus palabras escupan la rabia que concentra esa saliva demagógica que lo mismo aglutina a frustrados sociales que a criminales, donde lo único que de común tienen son sus insaciables ganas de enriquecerse a costa de una sociedad polarizada por el veneno del renacuajo ese (…), quien desde su madriguera continua royendo entre los basureros y contradicciones de la historia, para ver qué herramienta vieja utilizar en sus afanes personalistas de poder.
La historia no es tan simple como las baratijas gratuitas con las que intoxican las almas de una sociedad envuelta en sus conflictos, y donde el referente de todos aquellos corifantes del sistema, es esa isla maldita amamantada por las dictaduras regionales, que sólo tiene una cosa qué ofrecer al mundo: un mito estúpido de su grandeza que ha enraizado con fuerza en los campus de muchas universidades del mundo, pervirtiendo a las juventudes idealizadoras de una utopía coloreada en los libros y sus teorías, que esconden todas las miserias que quieren aportarnos a la sociedad menos idiota de lo que creen, y más atenta de lo que quisieran.