@onelortizhttps://youtu.be/UV0zyaFc9BI?si=B96ZF9bII1EzLw8q
El escenario que hoy sacude a Venezuela marca un punto de no retorno. Durante semanas se advirtió que la opción militar estaba sobre la mesa y, finalmente, la acción terrestre de Estados Unidos se consumó. La captura de Nicolás Maduro y la destrucción de las principales instalaciones militares del régimen cerraron un ciclo autoritario que llevaba años prolongando su agonía entre la represión, el colapso económico y el aislamiento internacional.
El destino personal de Maduro parece sellado. Todo indica que será juzgado y que pasará, quizá, el resto de su vida en una prisión de máxima seguridad en territorio estadounidense. Sin embargo, reducir el análisis al futuro judicial del exmandatario sería un error. El verdadero debate apenas comienza: ¿qué rumbo tomará Venezuela tras este golpe demoledor a su estructura de poder?
Las primeras reacciones internacionales fueron previsibles: rechazo, indignación y condena abierta a la incursión militar unilateral de Estados Unidos, una acción que viola flagrantemente la Carta de Naciones Unidas y los principios básicos del derecho internacional. Esa etapa, no obstante, ya quedó atrás. La realidad se impone con crudeza y ahora la pregunta central es qué ocurrirá en las próximas semanas y meses dentro del territorio venezolano.
De la conferencia de prensa de Donald Trump destaca una afirmación inquietante: Estados Unidos “dirigirá” Venezuela hasta lograr una transición política. Esa frase, más que tranquilizar, abre una zona de incertidumbre. ¿Es posible otro futuro para Venezuela que no pase por una tutela directa de Washington? Creo que sí, y no sólo es posible, sino necesario.
La ausencia total de Maduro activa mecanismos constitucionales claros. La vicepresidenta ya ha protestado como presidenta interina, y desde esa posición puede encauzar una transición interna que desemboque en un nuevo proceso electoral. Un camino conducido por venezolanos, con acompañamiento internacional pero sin imposición externa, es la única vía para recuperar legitimidad y estabilidad.
La idea de una ocupación prolongada con efectivos militares estadounidenses no es viable: sería políticamente costosa para Washington y socialmente inaceptable para la población venezolana. Si el relevo político se construye desde dentro, con elecciones creíbles y reconstrucción institucional, la región puede evitar un escenario imprevisible. De lo contrario, Venezuela corre el riesgo de cambiar un autoritarismo interno por una dependencia externa igual de peligrosa. El futuro aún no está escrito, pero el margen de error es mínimo.
En este contexto de incertidumbre, el gobierno de México puede jugar un papel central en encausar el camino de la transición venezolana, esto más allá de la retórica de no intervención y solución pacífica de las controversias. Es momento de la buena política internacional.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce.