Rosario Castellanos escribió una frase que debería enseñarse como una ética mínima del vínculo humano: “Lo único que te pido a cambio es que cuando hables conmigo, cuides tus palabras. Que tus palabras sean justas, que sean del tamaño de tus sentimientos, porque si tú me dices no, para mí es no, y si me dices llueve, para mí está lloviendo. Y si me dices amor, para mí es amor”. En esas líneas hay una advertencia y una ternura radical: las palabras no son inocuas, crean realidad en quien escucha.
Vivimos en una época donde se habla mucho y se dice poco. Las palabras se pronuncian con ligereza, se prometen futuros que no se piensan sostener, se nombran sentimientos como si fueran borradores. Decir “te quiero” o “aquí estoy” sin la intención de habitar esas frases es una forma de violencia suave, casi imperceptible, pero profundamente dañina. Porque quien ama escucha con el cuerpo entero, y cree. Cree de verdad.
Cuando uno ama, espera correspondencia. No perfección, no grandilocuencia, sino coherencia. Espera que lo dicho tenga el mismo peso que lo sentido. Sin embargo, el amor no siempre vuelve de la forma en que se entrega. A veces regresa incompleto, tibio, o no regresa. Y ahí es donde las palabras mal usadas duelen más que el silencio. Porque el silencio puede ser honesto; la palabra vacía, no.
Nos enseñaron a amar desde la carencia, desde la espera, desde la idea de que aguantar también es una prueba de amor. Aprendimos a interpretar migajas como banquetes y ambigüedades como esperanza. En ese aprendizaje doliente, muchas personas crecimos creyendo que el amor debía doler para ser real. Que había que traducir el abandono, justificar la ausencia, suavizar el no.
Por eso, cuando apareció con fuerza el discurso del amor propio, algo se movió. No fue una moda superficial, como a veces se le acusa, sino una conquista lenta. El amor propio llegó a quitarnos el velo de la ignorancia, a nombrar violencias normalizadas, a enseñarnos que poner límites también es una forma de amar. Pero ese aprendizaje no es inmediato ni limpio. Requiere desaprender, y desaprender duele.
Amarse a una misma, a uno mismo, no sucede por decreto ni por repetir frases frente al espejo. Es un proceso que implica revisar las palabras que aceptamos, las promesas que toleramos, los silencios que justificamos. Implica reconocer que, si alguien nos dice “no”, es no; que si nos dice “tal vez”, no es amor; y que si nos dice “amor” sin actos, tampoco lo es.
Cuidar las palabras es un acto ético. Decir solo aquello que estamos dispuestos a sostener. Callar cuando no podemos hacernos cargo de lo que provocamos. Entender que en el amor, la precisión es una forma de respeto. Porque quien escucha con fe merece verdad.
Tal vez amar, en su forma más madura, consista en eso: en hablar con responsabilidad, en escuchar sin autoengaño y en elegir, incluso cuando duele, palabras que no confundan. Porque las palabras, cuando se dicen de frente y con honestidad, no prometen eternidad, pero sí dignidad.