Fue en el año 1962 cuando por primera vez mis padres nos enviaron a mi hermano mayor Jesús y a mí, a la casa de mis abuelos paternos, Angela Constantino y Jesús María Alvarez. Que vivían en un pueblito denominado Chilchota que formaba parte de “La cañada de los Once Pueblos” ( junto con Acachuén, Carapan, Etúcuaro, Huáncito, Ichán, Santo Tomás, Tacuro, Tanaquillo, Urén y Zopoco) que se encuentra entre la ciudad de Zamora y Carapan, en el estado de Michoacán.
En aquellos años este viejo pueblo tarasco no tenía energía eléctrica. La vida era otra, comparada con la vida urbana actual. No había prisa de nada. Las personas platicaban directamente. Al no contar con energía eléctrica automáticamente había menos ruido y menos distracciones. Creo que había solo dos automóviles en el pueblo. No existían ni la radio ni la televisión, mucho menos celulares y computadoras. Qué felicidad. Se podían escuchar el canto de los pájaros, el zumbido de los insectos polinizadores y los ladridos de los perros. Era el México de los 60´s, sin contaminación atmosférica ni agua contaminada.
Los mexicanos del medio rural eran felices resolviendo sus necesidades elementales. La luz provenía de la quema del keroseno, denominado coloquialmente como “petróleo diáfano” en unos artefactos maravillosos denominados “quinques” que no eran más que unas lámparas que quemaban ese combustible, contenido dentro del depósito cilíndrico (de cristal) en la parte inferior y su respectiva mecha de algodón enrollada, que se iba quemando paulatinamente. La luz la daba esa flama de la combustión de esa mecha que iluminaba por la noche.
En ese orden de ideas es que me quiero referir al pozo de agua (artesanal) que tenía mi abuela en el centro del patio de su casa, antes de llegar a la cocina. Todo ello entre árboles: un guayabo, un durazno amarillo, un naranjo y muchas matas de “chile mirasol” (así le decía mi abuela) de casi metro y medio de altura, además de un arbusto de granado que se daba recargado en una de las paredes de la casona de adobe.
De ese pozo se extraía el agua en un “balde” de madera, con unos cinchos de metal (que con el tiempo se oxidaba) y se sacaba mediante una polea de madera y con un “soga” que era de fibra natural (ixtle o pita). El enjarre del pozo era de tabique rojo. Mi abuela filtraba esa agua con una piedra pómez grande (que es una roca ígnea que se forma en las erupciones de los volcanes) que se enfría rápidamente. Una vez filtrada, caía en un cántaro de barro que estaba debajo. Así era el agua fresca, limpia y pura que tomábamos. No tenía cloro, ese veneno autorizado la Comisión Federal para la Prevención contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) dizque para potabilizar el agua, pero que en realidad nos envenena.
*Carlos Alvarez Flores, Presidente de México, Comunicación y Ambiente, A.C.
Experto en Gestión de Residuos y Cambio Climático
www.carlosalvarezflores.com y Twitter @calvarezflores