El pasado 15 de noviembre se realizó la marcha de la llamada generación Z, una manifestación en la Ciudad de México que reunió —sin exagerar ni minimizar— a miles de personas decididas a expresar su postura ante el gobierno. En paralelo, el próximo 6 de diciembre la Cuarta Transformación y sus líderes como Luisa María Alcalde -líder nacional del partido- convocan a la llamada “Marcha del Tigre” para mostrar respaldo a la presidenta Claudia Sheinbaum. Ambas movilizaciones forman parte de una disputa simbólica por demostrar fuerza: quién llena más, quién convoca mejor, quién tiene más capacidad de movilización.
Pero la pregunta de fondo es otra: ¿a quién le hablan estas marchas? ¿A los convencidos o a quienes normalmente no participan? Y, sobre todo, ¿esta lógica sirve para acercar a quienes están fuera de la vida pública o solo profundiza la polarización?
Las cifras del INE ayudan a dimensionar el verdadero desafío. En las últimas cuatro elecciones presidenciales, la participación ciudadana se ha mantenido prácticamente en el mismo rango: 61.04 % en 2024, 63.43 % en 2018, 63.14 % en 2012 y 58.55 % en 2006. Es decir, entre el 35 y el 40 % de las personas inscritas en la lista nominal no vota, una proporción constante durante y que ningún proyecto político ha logrado modificar.
En ese contexto, la “guerra de las marchas” corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de reafirmación interna. Moviliza a quienes ya están dentro, a quienes ya tienen postura, a quienes están dispuestos a marchar para hacerla evidente. Pero no necesariamente interpela a quienes ven la política desde fuera, a quienes no participan, a quienes no se sienten convocados por ninguna de las dos narrativas.
Si lo que está en juego es construir mayorías sociales estables, la estrategia tendría que mirar más allá de la disputa por las plazas. Para el gobierno y para la oposición, el reto no es demostrar capacidad de llenar el Zócalo, sino conectar con ese grupo amplio que cada sexenio decide no participar. La movilización es parte de la vida democrática, sí, pero no sustituye el trabajo de persuasión, de escucha y de construcción de confianza ciudadana.
En particular quienes dan forma al mensaje de la presidenta Sheinbaum— enfrentan un dilema. Si ya existe una base sólida de apoyo, la expansión no vendrá de intensificar la confrontación con marchas, sino de hablarle a quienes históricamente no participan.
Las marchas, con toda su legitimidad, no garantizan ese puente. Pueden ser necesarias, pueden enviar mensajes políticos claros, pueden fortalecer identidades. Pero difícilmente sustituyen la necesidad de convocar a quienes se sienten fuera de la conversación pública. Y si esa brecha persiste —ese 35-40 % que no vota y que no parece ver incentivos para hacerlo—
La cuestión no es si hay que marchar o no. La cuestión es quién falta en esa conversación. ¿Qué se está haciendo para atraer a quienes no participan? ¿Quién les habla? ¿Quién los escucha? ¿Quién está pensando en ellos cuando las plazas se llenan?
Si las marchas se mantienen como el principal escenario de disputa política, es posible que muchos sigan viéndolas como un movimiento ajeno. Para que funcionen como un puente —y no como un espejo de la polarización— necesitan ir acompañadas de un mensaje que trascienda la confrontación y que realmente busque ampliar la participación.
Zarpazo
En este contexto también vale mirar lo que está ocurriendo fuera de las
marchas. En redes sociales, el Movimiento del Sombrero ha encontrado un terreno fértil: las interacciones que generan el diputado Carlos Bautista Tafolla y Grecia Quiroz, hoy al frente de la presidencia municipal de Uruapan, muestran algo que la política tradicional suele pasar por alto. Cuando a la gente algo le cae bien, cuando un gesto o un símbolo conecta, se nota de inmediato. Y ese ánimo, que en estas semanas ha crecido alrededor de estos personajes, podría transformarse en algo más que simpatía espontánea. Si sigue avanzando, podría convertirse en un movimiento político que abrace a quienes no se sienten representados por ninguna fuerza política existente.
Ivonne Arriaga
Asesora en comunicación política con enfoque en narrativa y estrategia gubernamental.