La comunidad neurocientífica ha dicho que con la empatía se nace, pero también se hace, lo cual es una gran ventana para educarnos continuamente y mejorar nuestra convivencia cotidiana. Pero, ¿realmente ser empático ayuda a construir una mejor Democracia? Veamos.
Un régimen democrático idealmente aglutina a una diversidad de personas y fines que construyen una mayoría, y en esa idea en la que todos pueden participar y ser parte de los asuntos públicos, obliga a las personas aspirantes a gobernar a escuchar y abanderar causas. Que esas causas o promesas las abandonen al tomar el poder es otra cosa, pero serán las urnas o los mecanismos de destitución (juicio de procedencia, revocación de mandato), los que incentiven la rendición de cuentas.
¿Y la empatía en dónde se construye? Regularmente el hogar es el primer espacio de interacción social. Son las personas que cuidan cotidianamente a la niñez quienes nos indican lo que se debe o no hacer, a pesar que tenga la destreza o habilidad física para ello. Cosas tan simples como evitar el maltrato de los animales de compañía son nuestros primeros vínculos con un actuar empático.
Al crecer e ir a la escuela u otros centros sociales, las clases de moral, religión o civismo generan una acumulación de conocimientos para pensar en el otro, el distinto, el que no se parece a ti. Pero al entrar a la edad adulta, y eso varía de la vulnerabilidad social y económica de las personas, las cosas cambian: el incentivo a ser el mejor, pasar encima de quien sea y como sea se convierte en regla y mantra de millones de personas. El dolo ajeno se convierte en una desagradable nota periodística que deseamos pasar lo más rápido posible. Y al que piensa distinto, lo denostamos en redes o nos alejamos de él, sin importar si era familiar o amigo entrañable, porque era/es chairo, o fifí. Así, más conectados que nunca, vivimos más aislados, pero mas “vinculados” con quienes son/piensan como nosotros. La segmentación de consumo que nos ofrecen las redes sociales nos han tribalizado.
Pero ¿cómo vinculamos a nuestro régimen democrático con la empatía? Con un ejercicio pedagógico constante, en el que conozcamoss la diversidad social y reconozcamoss que su dolor puede evitarse. Caminar normalmente lo damos por sentado, pero para personas con discapacidad, rampas funcionales permiten salir de casa; una calle bien balizada y señalizada, puede ser la diferencia entre ser atropellado o no para personas de tercera edad. O el sentimiento de vulnerabilidad de andar libre por la calle o tomar un taxi, es muy distinto entre mujeres y hombres.
En los extremos del dolor, no olvidemos el pesar de las personas cuyos seres queridos desaparecen o son asesinados, sin importar de dónde son o qué hacían. Un régimen democrático sin empatía no es tal.