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Entre abucheos y derivas

Entre abucheos y derivas

Columnas martes 03 de marzo de 2020 - 02:17

El presidente Andrés Manuel López Obrador ha demostrado durante muchos años ciertas capacidades que no se pueden negar a menos que de verdad esté uno cegado por el odio o el autoengaño. Es, de entrada, un político a la antigua, en tanto que piensa con lógica política y no gerencial. Durante varias décadas, y sin importar los colores, tuvimos gobiernos que entendían el escenario de poder en términos de publicidad, compraventa y estados financieros. El bien específico del que se hablaba podía ser un servicio público, un voto o el índice de alfabetización; no se veían ciudadanos o gobernados, sino consumidores de bienes públicos. Esto, huelga decir, es una simplificación ingenua de la realidad, y explica, al menos en parte, la antipatía y lejanía que sienten los electores hacia sus gobiernos, en casi todo el mundo.
El presidente ha insistido en un ejercicio de rendición de cuentas diario, muy arriesgado, porque involucra conferencias de prensa personales, donde a veces no tiene nada bueno que informar y siempre hay, al menos, uno o dos periodistas que se paran a hacerle airados reclamos que pueden tener o no forma de preguntas. Lo interesante no es que a veces sea elusivo (la política sin astucia sería filosofía) sino que ese hombre, que se supone es el presidente más poderoso que ha tenido el país (porque 30 millones y lo demás) no controle la entrada de críticos ni haya cambiado el formato de las mañaneras a uno más controlable. Este fin de semana, estuvo en un evento público en su tierra natal, donde recibió abucheos y gritos, o salpicado por el presidente municipal o por méritos propios, da igual. Su reacción fue de franca molestia y frustración. No entendía cómo podían estar enojados; no creía que los apoyos no habían llegado. Esto es revelador.
Cuando sucedió el tema de la cancelación del aeropuerto y del combate al huachicol, la aprobación del presidente subió. Entonces se mencionaba una frase muy campechana pero poderosa: “Hay presidente”. Creo que eso es indiscutible, aún ahora. El tema es que presidente y gobierno no son lo mismo. En Tabasco parecía que él había ordenado, de forma categórica, que pasaran ciertas cosas que simplemente no sucedieron. Es el presidente más legítimo de la historia moderna (nos guste o no, ahí están los votos) enfrentándose con la inoperatividad del Estado mexicano. Donde no se puede ni controlar la alegría de los asistentes a un evento en un pequeño pueblo, donde él nació. Donde los empresarios más ricos van corriendo a una cena de tamales, pero el delegado federal en Tabasco no puede garantizar que los apoyos no se queden en la escalera. La frustración del presidente revela que no tiene mala intención, pero tampoco conciencia de que la burocracia es indispensable para que la buena voluntad se convierta en hechos. Ya hay presidente. Necesitamos gobierno.

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/CR

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