El lenguaje clasista, racista incluso, es traído a través del tiempo por una derecha que se quedó en la monarquía y cuando advierte que en México no hay reyes, los busca afuera de nuestro territorio.
La derecha se quedó varada en ese momento de la historia y no oculta su nostalgia por el pasado, incluso va más allá y, desde su trono de nobleza, llama Tlatoani al jefe político de la competencia política como si fuesen conquistadores.
Perspectiva no sólo anti histórica, sin fundamento, en la cual no desperdician los pocos vocablos que su escasa cultura les permite y llaman fanáticos a quienes no comulgan con sus ideas. Exactamente como llamaron a los nativos los españoles al llegar al “nuevo mundo”.
Luego de cinco siglos, la palabra fanático sigue teniendo connotaciones racistas que identifican con lo irracional, lo carente de civilidad, lo salvaje. Para ellos los contrincantes no son integrantes de algún partido sino que simplemente fanáticos de López Obrador; una especie separada de los conservadores con menor inteligencia, como si se tratara de un racismo que dejó de existir hace siglos. Ellos, se autodenominan simpatizantes de la democracia, de la vida, de la libertad.
Denominan fanático a quien no está con ellos. Su principal manera de describir al enemigo es esa. Una forma peyorativa de reconocer que existe un liderazgo, del que ellos carecen. El hecho de que la derecha tenga como si fuera el santo grial, las posesiones materiales que sustituyen las funciones de liderazgo no quiere decir que el resto de la humanidad sea fanática. En todo caso para ser justos con la aplicación gramatical, serían fetichistas para seguir una lógica simplista y poco reflexiva, porque tienen en el dinero su anhelo más elevado.
Los conservadores han dividido al país en fanáticos y simpatizantes, es decir, en lo salvaje, lo irracional y lo civilizado. A pesar de que no son muy cultos los miembros de la derecha cuya herencia de conocimientos se redujo por muchos años a tejer carpetitas para el piano en las mujeres, y tocar algún instrumento para los hombres. Sin menospreciar estas actividades que son tan dignas como cualquiera pero que no identifican por si mismas a una persona con cultura. Según nos muestra nuestra historia.
La tenacidad desmedida que defiende personas, pensamientos o creencias describe al fanático; en cambio, el simpatizante es aquel que apoya de manera racional un proyecto. Pero cómo ser racionales con una derecha agresiva y salvaje y ni modo de simpatizar con alguno de sus proyectos porque carecen de ellos.
La polarización surge en la derecha, donde los tiempos chocan de frente en su percepción del mundo y en su extravío por la cotidianeidad que termina cada día con un intento fallido de hacer del pasado, su rutinario destino.