La primera vez que escuché la palabra “incel”, minimicé el término como uno más de los falsos descubrimientos de las generaciones jóvenes, que lo mismo llaman “roof garden” a las azoteas y “co-living” a las vecindades, haciéndole el trabajo de mercadeo a los gentrificadores. Pero luego me recomendaron algunas notas y videos, medio documentales, medio testimonios, que tratan de este tipo de personas. Explico: yo partía del supuesto de que, sobre todo entre los hombres jóvenes heterosexuales, la lucha por la validación femenina con los beneficios aparejados que conlleva, deja a muchos en el camino. Que unos pocos tienen opciones de sobra para elegir pareja sexual o sentimental, y otros muchos tienen problemas para encontrarla, es una historia de toda la vida. No es un tema de perdedores (aunque hay muchos) ni de mujeres desalmadas (aunque hay muchas), sino de amores no correspondidos, que en el mejor de los casos nos han dado obras como la Divina Comedia, y en el peor, acosadores irredimibles. En medio están los Dantes sin talento, ahogando sus penas en cereal o misoginia. Pero bajémonos de nuestro caballo blanco, que la verdad no conozco a una sola persona que, en su vida, no haya sufrido algún rechazo, sobre todo cuando uno está en esa etapa de la vida donde quiere todo y no sabe cómo conseguir nada. Para casi todos, la vida mejora, pues de lo contrario no seríamos más de 7 mil millones de personas, que de algún lado salieron. Resulta que los incels son otra cosa. La palabra es la contracción de involuntarily celibate, que de suyo también tiene mucho de hipócrita y teatral, pues del otro lado no estarían los tipos con vida sexual activa, sino los actores pornográficos, que tienen que bailar aunque no tengan ganas.
Parece que algunas de estas personas no tienen ya ningún anhelo, sino un resentimiento profundo hacia las mujeres y a la sociedad en general; a las primeras porque no los quieren como son (lo que sea que eso signifique) y a la segunda porque genera las normas culturales que los catalogan como gente disvaliosa. La cultura de la deshumanización se junta con cierto narcisismo victimista y la posibilidad de la generación de grupos en el anonimato ha provocado una violencia en redes que a veces ha requerido desde la censura hasta las investigaciones penales.
Lo interesante es el análisis de los factores estructurales que posibilitan este desastre. Empieza por la economía afectiva de la precariedad: jornadas eternas, sueldos que no alcanzan y ciudades hostiles erosionan habilidades sociales y tiempo disponible para vínculos. A eso se suma una pedagogía sentimental tercerizada en pornografía y algoritmos, que convierten el deseo en un mercado de subastas donde el cuerpo es interfaz y la comparación infinita es regla. Las plataformas, con su ingeniería de la adicción, premian el enojo, diseñan jerarquías estéticas y producen mapas de valor en los que muchos se sienten mercancía defectuosa. En paralelo, los modelos de masculinidad siguen atascados entre la hombría invulnerable y la autoayuda motivacional; si fallas, la culpa es tuya, pero si te muestras frágil, pierdes estatus (y yo creo que con razón, pero es que yo estoy muy maleducado). La salud mental, además, es un lujo: terapia inaccesible, escuelas sin educación socioemocional y familias entrenadas en el silencio. ¿Y el Estado? Llega tarde o mal, criminalizando o moralizando, casi nunca acompañando. La salida, si la hay, requiere alfabetización digital crítica, espacios mixtos de convivencia que no estén mediados por consumo, políticas de cuidado para varones y mujeres, y una conversación pública que trate el deseo sin catecismos ni cinismo. No para absolver violencias, sino para desmontar sus incubadoras. Y paciencia colectiva para reaprender a vincularnos mejor. Porque como siempre dices Salazar Elena, desarmar el rencor exige menos dogma y más encuentro.