Este 16 de septiembre, México vivirá un momento verdaderamente histórico. Por primera vez en más de dos siglos, será una mujer quien dé el Grito de Independencia desde Palacio Nacional. Pero no es cualquier mujer: es la primera presidenta de México, Claudia Sheinbaum, una mujer de ciencia, de lucha, de convicciones, nacida desde la izquierda que siempre ha abrazado las causas del pueblo y, especialmente, las causas de las mujeres.
Quienes caminamos junto a Andrés Manuel López Obrador desde el año 2000, sabemos que este momento es la concreción de un sueño que durante décadas pareció imposible. Para muchas de nosotras, que desde hace años hemos luchado por abrir espacios en lo público, que hemos alzado la voz contra la desigualdad y el olvido, ver a una mujer al frente del país no solo es motivo de orgullo: es justicia histórica.
La Independencia de México, que inició con el llamado de Hidalgo en 1810 y se consumó en 1821, fue una gesta contra el dominio colonial, inspirada por ideas de igualdad y libertad. Sin embargo, las mujeres que participaron en ella como Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario o Gertrudis Bocanegra quedaron al margen de los beneficios de esa independencia. Se nos borró de la narrativa oficial y se nos excluyó de los derechos que la nueva nación prometía.
Hoy, más de 200 años después, las mujeres mexicanas seguimos construyendo nuestra propia independencia. Logramos el voto en 1953, impulsamos reformas para la paridad política, y gracias a los movimientos feministas y a las mujeres organizadas dentro y fuera del poder, hemos ocupado espacios que antes nos estaban vedados. Pero la igualdad legal aún no es igualdad real.
Las violencias continúan en múltiples formas: en el hogar, donde aún se nos carga con los cuidados sin pago ni reconocimiento; en las calles, donde muchas viven con miedo; en los empleos, donde la brecha salarial y la precariedad golpean más fuerte a las mujeres; y en el acceso a la justicia, donde la impunidad frente al feminicidio y la violencia estructural sigue siendo alarmante.
Según cifras oficiales, siete de cada diez mujeres mexicanas han vivido algún tipo de violencia. Y todos los días, diez mujeres no regresan a casa. Esa es la realidad que enfrentamos y que nos obliga a actuar.
Como diputada de la Cuarta Transformación, como mujer comprometida con este proyecto desde sus inicios, creo firmemente que este momento marca un parteaguas. No venimos a administrar el poder; venimos a transformarlo. Y eso incluye cambiar un sistema que ha silenciado, precarizado y violentado históricamente a las mujeres.
Este Grito de Independencia, dado por primera vez por una mujer presidenta, no es solo un acto simbólico. Es el inicio de un nuevo capítulo. Es la oportunidad de construir un país donde ser mujer no implique tener miedo, cargar con menos derechos o recibir menos justicia.
Nuestra democracia no será plena mientras haya mexicanas viviendo bajo el yugo de la violencia, la pobreza o la exclusión. La Constitución lo dice claramente: no debe haber discriminación por razón de género, y el Estado tiene la obligación de garantizar todos los derechos humanos. Nosotras, desde el servicio público, tenemos la obligación de hacer que eso se cumpla.
Por eso, hoy más que nunca, debemos redoblar esfuerzos en la construcción de un México donde todas las niñas y mujeres puedan crecer en libertad, con dignidad y sin miedo. Que este Grito dado por Claudia Sheinbaum resuene como un llamado a todas y todos: a no conformarnos, a no soltar las banderas, a seguir luchando hasta que la independencia de las mujeres sea tan plena y real como la independencia de la nación.
Hoy más que nunca decimos, con fuerza y esperanza:
¡Viva México!
¡Viva nuestra primera Presidenta!
¡Viva la lucha de las mujeres por su independencia!
María Rosete