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Invasiones bárbaras en el Siglo XXI.

Invasiones bárbaras en el Siglo XXI.

Columnas martes 21 de enero de 2020 - 00:35

Me llama la atención la virulencia con la que se ha atacado la propuesta de que México vaya a crear empleos en países centroamericanos. Los comentarios son los de siempre: candil de la calle, obscuridad de la casa, y sandeces por el estilo. Pocos sentimientos tan específicamente civilizados, y tan vergonzosos, como la xenofobia. Tan vieja como la historia documentada, ha tenido diversas encarnaciones y envolturas, pero la misma columna vertebral.

En la escuela a mí me tocó aprender que existió un proceso histórico, en la Edad Media, llamado “las invasiones bárbaras”, que a un niño le evoca imágenes poderosas, de caricatura mágico-medieval. Uno aprende después (si tiene suerte) que ese nombre le daban los que recibieron a las personas que migraron, puesto que los que viajaron le llaman, simplemente, la “migración de los pueblos”. El encuadre lo es todo.

La violencia hacia el extraño, hacia el que no es como uno (la diferencia puede ser real o ficticia, ese otro puede ser extranjero o compatriota, es lo de menos) ha sido un instrumento tradicional de control político e inflamación de masas para movilizarlas hacia un objetivo, que puede ser desde aprobar una reforma legal hasta ganar una elección o ir a la guerra. El odio entre hombres en un sentimiento poderoso, y eficaz para los déspotas y dictadores. No es casualidad que la brújula de la brutalidad de occidente moderno tenga de fondo la xenofobia de un partido (nacionalista) contra un grupo humano en razón de su religión (judaísmo).

Con todo, hay países que son especialmente hostiles a lo que consideran “el otro”, el que viene de fuera. Nótese que dije países, no naciones, puesto que lo importante para desarrollar el sentimiento de ciertos grupos de población no es la identidad racial, ni lingüística, ni histórica, sino la pertenencia jurídica a un territorio con fronteras también jurídicas, y en ocasiones arbitrarias. Por eso un señor Ramírez (por decir un apellido) nacido en Sonora pero residente en Texas, puede tener un hijo racista que desprecie francamente a los mexicanos, con la mayor naturalidad. Los norteamericanos tienen su xenofobia bien documentada, a quien le interese el tema visto desde dentro le recomiendo a Richard Hofstadter y su brillante “The paranoid style in american politics”. No tiene desperdicio.

Pero últimamente también ha salido a la luz la opinión muy vocal, impúdica, de un racismo a la mexicana, dirigido a Centroamérica, que no le pide nada en violencia, ignorancia y patetismo al de los países tradicionalmente genocidas. Vienen a quitarnos “nuestros empleos” o peor, les vamos a llevar empleos a sus países, “habiendo tanto desempleo en México”. Lo que los apologetas de esta visión no tienen en cuenta es, en primer lugar, la dimensión pragmática de política exterior. Para los Estados Unidos la migración centroamericana es un tema de seguridad nacional, no de desarrollo. Así, cualquier apoyo que México otorgue para facilitar la permanencia en sus países será en coadyuvancia para su seguridad interior, la única que realmente les importa.

En segundo lugar, cabe mencionar que la OCDE realizó un interesante estudio, accesible en línea, sobre los efectos de la migración en el desarrollo económico de varios países, en una ventana temporal de 4 años y 8 casos. Las conclusiones fueron categóricas: la migración tiene un efecto neto positivo, e indiscutible, en la economía de los países a donde llega. Por último, el perfil de una persona que cruza países completos a pie, sin agua ni comida, con la esperanza de criar a sus hijos en un ambiente más seguro y próspero, no es el de un delincuente. Los delincuentes no hacen sacrificios; sacrifican a otros. Así pues, quien estigmatiza a los migrantes no sólo está siendo inhumano. Está siendo estúpido. No sean esa persona.

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/CR

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