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LA FICCIÓN DEL AUTOR

LA FICCIÓN DEL AUTOR

Columnas lunes 07 de diciembre de 2020 - 01:33

Benjamín Barajas

Las vanguardias literarias de comienzos del siglo XX marginaron al autor realista concebido como un dios que gobierna los mundos y las criaturas, producto de su imaginación, y reivindicaron la fuerza del lenguaje, la liberación de los personajes y del lector, como referencias inherentes a la obra artística y la construcción de su sentido.

Inmerso en este contexto hacia 1914, surgió en Rusia un grupo de teóricos de la literatura, agrupados en la Sociedad para el Estudio del Lenguaje Poético, mejor conocidos como Formalistas rusos, quienes influirán en el estructuralismo francés, cuyas vertientes se extienden al plano de la lingüística, la sociología, la antropología y las ciencias de la comunicación.
Pertenecieron al círculo formalista Víctor Shklovski, quien concibió al arte como un discurso que siembra extrañeza y desautomatiza la percepción, atrofiada por la cotidianidad; Vladímir Propp, cuya obra cumbre es la Morfología del cuento ruso; Roman Jacobson, famoso por sus estudios de las funciones de la lengua y Yuri Tinianoy quien, al estudiar las etapas literarias hace esta conjetura asombrosa: “La vida social entra en correlación con la literatura ante todo por su aspecto verbal.”

Tal propuesta niega la historia, la psicología, la sociología y la biografía del autor, incluidas las ciencias del espíritu pregonadas por el italiano Benedetto Croce, para ocuparse solo del hecho literario, de su literariedad o arreglo estético que lo constituye, con independencia de la vida del escritor, quien de un plumazo queda fuera del artefacto de su creación.
A esta postura radical se habrá de sumar Mijail Bajtín, quien estudia la realización del lenguaje vinculado a los procesos sociales, de ahí su interés por el carnaval, las novelas satíricas de François Rabelais: Gargantúa y Pantagruel, y la oralidad que se manifiesta en el discurso artístico, el cual se decanta en una trama, o tejido de voces heredadas de la tradición; en consecuencia, para Bajtín la literatura es polifónica e intertextual. Ambos conceptos aluden a la pluralidad de autores y de sentidos inmersos en un mismo escrito.

Después de Bajtín, el semiólogo Roland Barthes pudo afirmar cómodamente que una obra literaria es un tejido de citas que proceden de diversas ámbitos de la cultura y que el autor, como las tortugas que desovan en las playas, abandonan a su prole antes de verla crecer, o bien, Gérard Genette afirmará que los textos escritos son palimpsestos constituidos por capas, similares a los revestimientos geológicos, que deben leerse por niveles de profundidad, pues en ellos subsisten los plagios, las alusiones, la citas o las invenciones de fuentes abstrusas, como las acostumbraba Jorge Luis Borges.

Pero otro clavo en el féretro del autor correspondió a la categoría de obra abierta del italiano Umberto Eco; ya que, desde su perspectiva, el lector se convierte en autor cuando lee, reconstruye y recrea la obra; llenando los espacios vacíos para dotarla de coherencia y sentido.

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/CR

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