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La generación que lo sabe todo… pero piensa menos El efecto Flynn inverso y la crisis cognitiva de la Generación Z

La generación que lo sabe todo… pero piensa menos El efecto Flynn inverso y la crisis cognitiva de la Generación Z

Columnas martes 19 de mayo de 2026 -





Durante gran parte del siglo XX, la humanidad creyó que cada nueva generación sería intelectualmente más capaz que la anterior. Las pruebas de coeficiente intelectual mostraban un aumento sostenido de aproximadamente tres puntos por década. A este fenómeno se le llamó “Efecto Flynn”, en honor al investigador neozelandés James Flynn, quien documentó cómo el acceso a la educación, la nutrición, la alfabetización y los entornos más complejos parecían volvernos cognitivamente más sofisticados.

Sin embargo, algo comenzó a cambiar.
En diversos países desarrollados —Finlandia, Noruega, Dinamarca, Reino Unido y partes de Estados Unidos— distintos estudios han identificado un fenómeno inquietante: el llamado “Efecto Flynn inverso”. Es decir, una disminución progresiva en ciertas capacidades cognitivas, especialmente en razonamiento abstracto, concentración sostenida, comprensión lectora y resolución compleja de problemas.

Y en el centro de la discusión aparece una generación particularmente paradójica: la Generación Z.
Nunca antes una generación había tenido acceso a tanta información, tantos dispositivos, tantos estímulos y tanta conectividad. Pero tampoco una generación había convivido con niveles tan altos de distracción constante, hiperestimulación digital, ansiedad, insomnio y dependencia algorítmica.
La paradoja es brutal: sabemos más cosas, pero pensamos menos profundamente.
Los datos comienzan a encender alarmas. Los resultados de PISA 2022 —la evaluación internacional de la OCDE— mostraron caídas históricas en matemáticas, lectura y ciencias tras la pandemia, particularmente en jóvenes. Diversos investigadores han planteado que el deterioro no puede explicarse únicamente por el confinamiento, sino por transformaciones más profundas en los hábitos cognitivos contemporáneos.

La evidencia científica apunta hacia varios factores simultáneos.
Uno de los más estudiados es el exceso de exposición a pantallas. Investigaciones publicadas en revistas médicas y neurocientíficas muestran correlaciones entre mayor tiempo frente a dispositivos y disminuciones en atención, memoria de trabajo y funciones ejecutivas. La lógica cerebral del algoritmo —videos cortos, recompensas instantáneas, multitarea continua y consumo acelerado de estímulos— modifica la forma en que el cerebro procesa la información.

El problema no es únicamente tecnológico; es neurológico.
El cerebro humano evolucionó para sostener atención profunda, análisis y memoria contextual. Pero las plataformas digitales premian exactamente lo contrario: rapidez, fragmentación y reacción emocional inmediata. La consecuencia es una mente cada vez más entrenada para consumir, pero menos acostumbrada a reflexionar.
La lectura larga disminuye. La paciencia intelectual se erosiona. El pensamiento crítico se sustituye por opiniones instantáneas. Y la capacidad de tolerar el aburrimiento —fundamental para la creatividad— prácticamente desaparece.

A ello se suman otros elementos igual de preocupantes: privación de sueño, sedentarismo, ansiedad crónica, aislamiento social y deterioro de la salud mental. Estudios recientes muestran relaciones directas entre calidad del sueño, actividad física y funcionamiento ejecutivo del cerebro.

No se trata de afirmar que la Generación Z sea “menos inteligente”. Esa simplificación sería injusta y científicamente irresponsable. De hecho, esta generación posee habilidades inéditas: procesamiento rápido de información, adaptación tecnológica, pensamiento visual y aprendizaje autodidacta digital.
Pero sí parece existir una transformación cognitiva profunda: menos profundidad analítica y mayor dependencia de estímulos inmediatos.

La pregunta importante no es si el IQ bajó dos o tres puntos. La verdadera pregunta es otra: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando la capacidad colectiva de concentración comienza a deteriorarse?
Porque las consecuencias podrían ser enormes.
Una ciudadanía con menor comprensión lectora y pensamiento crítico es más vulnerable a la desinformación, la manipulación política y las narrativas extremistas. Una sociedad incapaz de sostener atención prolongada tendrá más dificultades para innovar científicamente, investigar, deliberar democráticamente y resolver problemas complejos como la crisis climática, la inteligencia artificial o la desigualdad económica.
El riesgo no es solamente educativo. Es civilizatorio.

Tal vez el verdadero peligro del efecto Flynn inverso no sea una reducción estadística del coeficiente intelectual, sino la normalización de una cultura donde pensar profundamente deja de ser necesario.
Y eso ya comienza a verse.
Consumimos titulares sin leer artículos. Opinamos sin investigar. Escuchamos fragmentos de 15 segundos y creemos entender fenómenos complejos. Vivimos hiperconectados, pero cognitivamente agotados.
La ironía histórica es dolorosa: en la era con mayor acceso al conocimiento, podríamos convertirnos en una sociedad menos capaz de comprenderlo.

Todavía estamos a tiempo de detenerlo.
Pero hacerlo implica recuperar hábitos que hoy parecen revolucionarios: leer libros completos, dormir bien, conversar sin pantallas, desarrollar pensamiento crítico, tolerar el silencio, aburrirse un poco y volver a entrenar la atención humana como si fuera un músculo en peligro de extinción.
Porque quizá el futuro no dependerá de quién tenga más información, sino de quién conserve la capacidad de pensar con profundidad en medio del ruido.




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/CR

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