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La violencia apocalíptica

La violencia apocalíptica

Columnas viernes 13 de noviembre de 2020 -

La violencia es signo distintivo de nuestro tiempo. Nuevo jinete apocalíptico que cabalga con impunidad por todo el territorio nacional y que evidencia la incapacidad del Estado para enfrentar, con estrategias certeras de seguridad, este fenómeno social.

En 2004, la sociedad civil se manifestó de manera espontánea, multitudinaria y pacífica en contra de la violencia en la ciudad de México. En silencio, miles de mexicanos expresaron ese grito de angustia, desesperación y reclamo. Un multitudinario “estamos hasta la madre” significó el repudio a las autoridades por su ineficiencia, apatía, indolencia y fracaso para contener el delito, sobre todo el violento. Lamentablemente, no pasó nada. Indiferencia oficial y aparente olvido social.

La incidencia criminal creció de manera exponencial en los siguientes años y no hubo ninguna administración que aplicara una política pública eficaz para frenar los ilícitos que laceran a la comunidad.

Recientemente hemos visto resurgir el reclamo social contra la violencia. Las mujeres protagonizaron eventos como “Un día sin ellas” o las concurridas marchas feministas y su “ya basta”. Esperemos que estos movimientos, contaminados por expresiones anarquistas y vandálicas que atentan contra el patrimonio histórico y de particulares, no se diluya como el pronunciamiento apoteósico por la paz de 2004.

A la violencia que ejerce el crimen organizado, a través de sicarios, con sus enfrentamientos, ejecuciones, torturas, desapariciones y masacres, se suman delitos cada vez más recurrentes como el feminicidio y la violencia intrafamiliar. También es la conducta social la que incrementa la incidencia delictiva. Estadísticamente, es el ciudadano de la calle quien más comete el asesinato de su pareja, hija, hermana, vecina, conocida o familiar por motivos pasionales, personales o agravios familiares. Lo mismo ocurre con la violencia intramuros, son los padres de familia quienes insultan, someten, golpean, matan o violan a sus consanguíneos.

Esta apocalíptica violencia hace recordar el cartón de Naranjo publicado en Proceso, cuando se supo que el nieto del político Gilberto Flores Muñoz había asesinado a sus abuelos en su residencia de las Lomas de Chapultepec. El caricaturista ironizó el suceso y el encubrimiento social de este tipo de violencia con una señora regordeta y muy alhajada que se escandaliza por el hecho y deja caer un periódico con el título “El horroroso nieto que horrorizó a la horrorosa sociedad”.

Sí, hoy nos horrorizamos por la excesiva violencia con que se cometen los delitos, no solo por el crimen organizado, sino también por nuestro vecino.

Una nueva faceta de esa violencia es el secuestro, muerte y desmembramiento de infantes.

Sucedió hace poco con los chacales de Ecatepec, matrimonio que cometía la antropofagia con niños o el asesino de Iztacalco que descuartizó a su pareja para arrojarla al drenaje y ocultar su crimen o los dos menores mazahuas que en pedazos fueron entambados en el Centro Histórico, a unas cuadras de Palacio Nacional, con la intención de tirarlos en un basurero como represalia contra alguien por la negativa a pagar el derecho de piso. Al menos un niño es secuestrado o asesinado cada siete días a manos del crimen organizado, de delincuentes comunes o de sus propios padres. Su muerte es cada día más sanguinaria.

¿Cómo podemos frenar esa ola de violencia? Hay que recuperar en mucho el tejido social, alentar la protesta ciudadana pacífica que impacte en las acciones de gobierno y no se quede en moda ni expresión estéril de hartazgo o impotencia.

Sin evadir nuestra responsabilidad social, debemos exigir verdaderas políticas públicas que contengan estrategias para enfrentar al crimen organizado, combatan la impunidad, eficienten la labor policial, refuercen la prevención del delito y desarrollen verdaderos programas que erradiquen la pobreza y la ignorancia. Estamos a tiempo de frenar a este jinete apocalíptico que amenaza con destruirnos.

No lo permitamos.


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/CR

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