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Columnas
Hoy, en el día del migrante, hay que recordar que los primeros obligados a migrar en la historia de la humanidad fueron Adán y Eva al ser expulsados del paraíso. Esto nos recuerda que la migración ha sido parte inherente de la experiencia humana desde sus inicios. A lo largo de la historia, muchas mujeres también han sido obligadas a dejar sus hogares por diversas razones. Un 19 de diciembre partió de Nueva York, "la más peligrosa de América", Emma Goldman, quien tuvo que migrar por oponerse al servicio militar obligatorio, por difundir métodos anticonceptivos, por organizar huelgas y por otros atentados considerados en la época de 1919 como amenazas a la seguridad nacional. Su historia nos muestra cómo la migración también puede ser un acto de resistencia y lucha por la justicia.
México atraviesa la crisis migratoria más grande de su historia, según cifras oficiales, entre enero y junio de 2024, las autoridades reportaron la entrada de 712,226 migrantes irregulares, lo que representa un alarmante aumento del 193% en comparación con el mismo periodo de 2023. Sin embargo, la migración avanza más rápido que las políticas públicas destinadas a atender y garantizar los derechos de esta población vulnerable. Este desfase es particularmente crítico cuando hablamos de las mujeres migrantes, quienes enfrentan condiciones más adversas y peligrosas en su travesía. Para 2020, del total de la migración a México de forma irregular, se estima que el 49% fueron mujeres. Aunque actualmente no hay cifras exactas, esta proporción nos muestra la magnitud del fenómeno y la necesidad de abordar su situación con urgencia.
La violencia de género constituye una de las más graves vulneraciones de derechos humanos, que afecta especialmente el derecho a la salud integral y al desarrollo personal, y en algunos casos extremos el derecho a la vida misma.
Las mujeres migrantes que llegan a México huyen de contextos violentos, pobreza extrema, discriminación y falta de oportunidades en sus países de origen. Su única aspiración es vivir dignamente y ofrecerles un mejor futuro a sus familias. No obstante, la realidad a la que se enfrentan en nuestro país está marcada por violencias de género, abusos sexuales, trata de personas, extorsión y discriminación institucional. Cada testimonio revela cómo las rutas migratorias se convierten en escenarios de horror para ellas.
La falta de protección efectiva y de programas públicos que garanticen sus derechos agrava esta situación. Si bien México ha firmado diversos acuerdos internacionales en materia de derechos humanos y refugio, la implementación de medidas concretas sigue siendo insuficiente. Las estancias migratorias carecen de infraestructura adecuada y de condiciones dignas para albergar a mujeres y niñas; además, las violencias que sufren a manos de grupos criminales y de autoridades corruptas continúan ocurriendo en la impunidad.
En un país donde la violencia de género es un problema estructural, las mujeres migrantes enfrentan una doble vulnerabilidad: por su condición de género y por su estatus migratorio. Esta situación requiere una respuesta integral, con perspectiva de género y de derechos humanos. Es urgente que las políticas públicas avancen al mismo ritmo que la migración, que se generen mecanismos de protección, asilo y refugio efectivos, y que se garantice la seguridad y la dignidad de cada mujer migrante que transita por nuestro territorio.
La deuda histórica con las personas migrantes, especialmente con las mujeres, no puede seguir postergándose. Ellas no buscan otra cosa que lo que todas las personas merecemos: una vida libre de violencias y con oportunidades para salir adelante. Es hora de reconocer su valentía, y de actuar para que el derecho a migrar no sea una condena, sino la posibilidad real de vivir dignamente.
Andrea Gutiérrez