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Lo conveniente que es para México acabar con el nepotismo: el “Monrealato” ya es tóxico

Lo conveniente que es para México acabar con el nepotismo: el “Monrealato” ya es tóxico

Columnas lunes 16 de febrero de 2026 -

Algo que identificaba a los gobiernos del PRI, es que desde los discursos presidenciales palomeaban o tachaban candidaturas o actuaciones de sus correligionarios. ¿Les suena conocido? Alguien del sexenio pasado hizo lo mismo con carácter tipo religioso y exigiendo una fe absoluta ¿será porque también perteneció al PRI? Y ahora vemos a su discípula queriendo respetar lo dicho por ese pseudo- mesías, pero para fortuna propia, y porque la presión de Estados Unidos es mucha, ha tenido que romper con morenistas de lo más tóxicos que todos siempre nos preguntamos ¿por qué tener criminales y gente nefasta en posiciones de poder?

Ricardo Monreal Ávila es, quizá, el mejor ejemplo de esa mutación política que sobrevive a base de la transgresión y el oportunismo estratégico. Su historia no es la de un hombre de ideales, sino la de un operador que entiende el poder como una propiedad personal y territorial. Su primera gran "traición" institucional ocurrió en 1998, cuando abandonó al PRI tras serle negada la candidatura a la gubernatura de Zacatecas; en ese momento, no le importó romper con la disciplina del partido que lo formó durante más de veinte años para saltar al PRD y ganar el poder regional. Sin embargo, esa lealtad al perredismo fue igualmente efímera. Para 2008, tras enfrentarse a la dirigencia de "Los Chuchos" y ser acusado de operar en contra de su sucesora Amalia García, Monreal volvió a cambiar de piel, refugiándose en el PT para mantener su vigencia legislativa y utilizar al partido como una herramienta de castigo contra sus antiguos aliados.

El patrón de comportamiento de Monreal se repite con una precisión quirúrgica: se integra a un movimiento, lo utiliza para acumular capital político y, en el momento en que sus ambiciones personales chocan con la institucionalidad, opera desde las sombras o amaga con la ruptura. Lo vimos en 2017, cuando cuestionó la encuesta interna de Morena para la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México, y lo vimos con mayor crudeza en las elecciones intermedias de 2021. En aquel proceso, la sombra de la traición cubrió la capital del país; se le acusó de haber operado activamente a favor de la oposición en alcaldías clave como la Cuauhtémoc, facilitando el triunfo de personajes ajenos al movimiento de transformación. Sandra Cuevas, quien fuera su aliada cercana, ha sido contundente al respecto, afirmando que Monreal fue su "jefe político" y que el objetivo común era que "la oposición brillara" para demostrar la vulnerabilidad del partido oficial sin su mediación. Pero la lealtad en el mundo de Monreal es unidireccional; la misma Cuevas denunció que el senador terminó por "vender su cabeza" ante Claudia Sheinbaum para comprar su propio perdón y reintegrarse al círculo de poder de cara a la sucesión de 2024.

Este estilo de "política de clan" ha tenido su expresión más nefasta en Zacatecas, donde se ha instaurado lo que la ciudadanía denomina el "Monrealato". Bajo el control de esta familia, el estado se ha sumido en una espiral de violencia y estancamiento que parece no tener fin. David Monreal, el actual gobernador, encabeza una administración marcada por la incapacidad para frenar la inseguridad en municipios emblemáticos como Fresnillo, que consistentemente ocupa los primeros lugares nacionales en percepción de inseguridad. Las denuncias de nepotismo y corrupción son la moneda de cambio en una entidad donde los cargos de elección parecen ser una herencia que se rota entre hermanos. La filtración de supuestas negociaciones entre Ricardo Monreal y el priista Alejandro "Alito" Moreno, donde se sugería el intercambio de favores electorales para asegurar la gubernatura de David a cambio de posiciones legislativas, refuerza la imagen de una familia que utiliza el destino de los zacatecanos como una ficha de cambio en sus partidas privadas.

La situación ha llegado a un punto de ruptura ética con la reciente propuesta de reforma constitucional impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum, que busca prohibir expresamente el nepotismo y la herencia inmediata de cargos de elección popular. Esta reforma representa un misil directo a la línea de flotación de la dinastía zacatecana. Sin embargo, la respuesta de Saúl Monreal, el hermano menor y actual senador, ha sido de un cinismo absoluto. A pesar de haber votado a favor de la reforma en lo general, Saúl ha emprendido una batalla legalista para asegurar que el candado antinepotismo no le impida concursar por la gubernatura en 2027. Su argumento es que la ley debería ser aplicable hasta el 2030, pretendiendo que el derecho constitucional a ser votado está por encima de cualquier principio ético de no sucesión familiar inmediata. La presidenta Sheinbaum ha sido clara y firme ante este desafío: "puede esperar seis años", sentenció, marcando una distancia que Morena debería haber tomado hace mucho tiempo.

Pero la ambición de los Monreal no conoce límites ni respeta lazos de sangre cuando el poder está de por medio. En un giro casi shakesperiano, Saúl Monreal ha comenzado a atacar públicamente al equipo de gobierno de su propio hermano David, denunciando supuestas irregularidades y corrupción en la entrega de programas sociales para desmarcarse de la mala imagen del gobernador actual y pavimentar su propio camino al 2027. Esta guerra interna dentro del clan es la prueba final de que para esta familia no hay proyecto, ni partido, ni patria; solo existe la permanencia en el presupuesto. Saúl ha llegado a amenazar con impugnar ante los tribunales si Morena le niega el registro, demostrando que está dispuesto a llevar al partido a una crisis institucional antes de renunciar a su "derecho" a heredar el estado.

Para el país, y para Morena en particular, el costo de mantener a la familia Monreal en posiciones de poder se ha vuelto insostenible. Representan el lastre de un pasado que el movimiento prometió dejar atrás: el de los latifundios políticos, el de las negociaciones en lo oscurito con la oposición más rancia y el de la lealtad condicionada al beneficio personal. La presencia de Ricardo Monreal en la coordinación legislativa y la pretensión de Saúl de perpetuar el Monrealato en Zacatecas son una afrenta a los ciudadanos que votaron por una transformación real. Deshacerse de estos elementos tóxicos no es solo una cuestión de estrategia política para la presidenta Sheinbaum, sino un acto de higiene democrática necesario para cualquier nación que aspire a instituciones sólidas y no a feudos familiares.

La transgresión estratégica que Ricardo Monreal ha perfeccionado a lo largo de cuarenta años ha dejado una estela de instituciones debilitadas y aliados traicionados. Desde su salida del PRI hasta sus constantes amagos en Morena, su único objetivo ha sido el chantaje político como método de supervivencia. Zacatecas, un estado hoy en ruinas y sitiado por la delincuencia, es el testimonio mudo de lo que sucede cuando una familia se adueña de la voluntad de un pueblo.

Es imperativo que la reforma contra el nepotismo se aplique sin matices ni concesiones temporales en 2027. Morena tiene la oportunidad histórica de demostrar que no es el nuevo PRI, cortando de tajo con las dinastías que, como los Monreal, han hecho del servicio público una empresa de lucro y deslealtad. El país no puede seguir permitiendo que criminales y gente nefasta, en palabras de la indignación popular, sigan decidiendo el rumbo de México desde el privilegio de un apellido que ya solo evoca traición e inseguridad. En la Presidenta de México confiamos para que el discurso recurrentemente se vuelva realidad.


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/CR

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