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Columnas
El incombustible Pablo Gómez, recién comisionado para encabezar - se supone - la reforma electoral del presente gobierno, dijo que los legisladores plurinominales sólo representan a "minorías de las cúpulas" y no "a la democracia" (sic.). En nuestro país, prácticamente cada sexenio se proponen cambios al modelo electoral, y no sorprende, porque los mexicanos nunca estamos de acuerdo con las reglas de un juego cuando lo perdemos (y en eso somos más como Trump que como Churchill). Al mismo tiempo, tenemos ese toque mañoso y exótico de comprar boletos para todas las rifas que creemos arregladas, porque "quién quita y no está arreglada". Naturalmente, la única evidencia que aceptamos contra el fraude es que ganemos nosotros. De hecho, la historia de la izquierda en México es una donde puntualmente denunciaba el fraude de la elección próxima, pero a la vez aceptaba participar en ella. Sumado a eso, los partidos perdedores han logrado sentarse en la mesa para que el ganador le otorgue concesiones a modo, a fin de pueda ganar más espacios las siguientes elecciones. Es decir, las reformas electorales casi siempre han sido cesiones de la mayoría a las minorías, puesto que se ha dicho que un partido que tenga el 60% de los votos no debería tener el 100% de los espacios de decisión, porque con todo y su mayoría, hay 40% de votantes, tan ciudadanos como los otros, que no votaron por esa opción. El corolario es que en un Estado democrático, permitir que el 60% de personas castigue y vuelva invisible al otro 40%, no es admisible, porque esa sería la lógica de una pandilla, no de una país de derechos. Por eso, en este caso, don Pablo es olvidadizo, o miente, pues él mismo vivió todas las reformas del siglo pasado, y debería saber que la de los curules de representación proporcional se hicieron para dar voz y voto a las minorías, efectivamente, pero no eran cupulares, sino progresistas, democráticas, socialistas o hasta dinosáuricas (como el surrealista PARM). Pero esa era la idea, que si el PRI siempre se quedaba con la presidencia, las voces de disenso se permitieran en el congreso. La alternativa es decir que eso estaba bien cuando ellos eran minoría, pero ahora ya no, porque son mayoría. Y eso no es democracia, ni de izquierda ni de nada. Ojo ahí.